Al escucharla, la mirada de Rodrigo se volvió dura.
Él también había dado mucho más por ella que Diego, ¿y acaso Adriana lo había elegido a él?
En el amor no había justicia ni lógica, eso estaba claro.
***
Cuando Elena llegó a su departamento, se topó a Diego en la entrada.
Estaba recargado en su coche, y la luz de la calle hacía que su silueta se viera aún más imponente.
Elena frunció el ceño, no tenía ganas de acercarse.
Diego la vio y caminó hacia ella.
—Elena, ¿se mudaron tú y la abuela y ni siquiera me avisas? Somos familia, ¿qué tiene de malo dejar que las cuide?
Elena le contestó de forma cortante:
—No hace falta.
Diego suspiró con frustración y sacó el estuche del bolsillo de su saco.
—Sé que sigues molesta conmigo por lo de Ariadna, pero de verdad no tuve nada que ver con eso. Si le conseguí un abogado a ese proveedor, fue solo por los años que llevamos de conocernos, jamás imaginé que fuera a cometer semejante estupidez... Mira, te compré este regalo, acéptalo y hagamos las paces, ¿sí?
Elena ni siquiera amagó con agarrar el collar.
—No estoy para tus teatritos. Llévate tus cosas y lárgate.
—Solo fue un pequeño malentendido, ¡no manches, tampoco es para tanto!
Al escuchar eso, a Elena le hirvió la sangre de coraje.
¿Intoxicar a una niña tan chiquita con la comida le parecía poca cosa?
Sin pensarlo dos veces, le acomodó una cachetada.
Diego, que no esperaba que últimamente ella anduviera tan agresiva, le gritó entre dientes:
—¡Elena! ¿Desde cuándo te volviste tan violenta?
Elena le respondió con voz gélida:
—Solo fue una cachetadita, ¿el honorable Director Romero se va a enojar por eso?
Diego respiró profundo para intentar calmarse.
Justo cuando iba a intentar hablar de nuevo con ella...
...sonó su celular.
Era Rodrigo. Frunció el ceño y contestó.
—Diego, Adriana está en el hospital, ¿vas a venir? —El tono de Rodrigo era puro veneno—. Si no vienes, voy a dar por hecho que las cosas entre ustedes andan mal y, cuando eso pase, no te me vayas a quejar si te bajo a tu vieja.
Ya que pasaron por la medicina, la abuela y la enfermera iban de salida.
De pronto, vio a Diego a lo lejos y se le borró la sonrisa de golpe.
En esos días de reposo en casa, como no la dejaban hacer quehacer, se había puesto a ver videitos en el celular como los chavos de ahora, y se había topado con el chisme de Diego agarrándose a golpes por otra mujer.
La vieja esa tenía una panzota, seguro ya estaba por dar a luz.
Y con lo histérico que se veía Diego por ella, no le cabía duda de que ese escuincle era suyo.
¡Híjole! Se notaba a leguas que esos dos ya llevaban un buen rato viéndose la cara.
Diego resultó ser una fichita; a la abuela le daba un coraje entripado nomás de acordarse.
Diego se acercó a ella derrochando amabilidad.
—Abuela, ¿vino a su cita? Me hubiera avisado y con gusto la acompañaba.
La abuela soltó una risa sarcástica.
—¡Uy, no, cómo se te ocurre! ¿Acaso no tienes que estar cuidando a tu mujer y a tu chamaco?
Diego se quedó pasmado. Enseguida captó que la abuela también había visto el video.
Trató de justificarse de volada con una sonrisa.
—Abuela, lo está sacando de contexto. Esa muchacha se llama Adriana, Elena la conoce. Anoche vine al hospital y vi que un tipo la estaba acosando, así que me metí a defenderla. El bebé no es mío.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....