De repente, Alejandro le dijo:
—Primero ve a servirme un vaso de agua.
A Elena se le hizo raro, pero obedeció y fue a servirle el agua.
Alejandro tomó el vaso con una sonrisa.
—Gracias.
Le dio un trago y continuó:
—Antes evitaba tocar este tema contigo porque no encontraba la manera de decirlo sin que acabáramos tensos, así que preferí guardármelo. Pero hoy, viendo lo de Ariadna, me cayó el veinte. Ustedes dos son iguales, les aterra ser una carga para los demás. Sin embargo, entre familia y pareja, ¿no se trata justo de apoyarnos mutuamente? Tú no me quieres dar molestias, y si seguimos así, yo tampoco querré molestarte en el futuro. Si siempre nos guardamos todo, solo nos la pasaremos adivinando y preocupándonos el uno por el otro, sin resolver nada. Elena, si nosotros como adultos no superamos este problema, menos podremos enseñarle a Ariadna a superarlo.
Elena se quedó pasmada.
Al escuchar lo que él sentía de verdad, la emoción le cerró la garganta.
—Siento mucho lo de antes —se disculpó con sinceridad.
Alejandro levantó una ceja.
—Señorita Navarro, lo primero que tienes que aprender es a dejar de pedirme perdón y darme las gracias por todo. Imagínate que un día se me antoje besarte de la nada, sin avisar, ¿te imaginas que antes tenga que pedirte perdón? Mataría todo el romanticismo.
Elena soltó una carcajada.
—No cabe duda de que tienes madera para educar niños.
—Empezamos practicando con Ariadna, para que cuando tengamos a los nuestros ya seamos todos unos expertos —respondió él, desbordando confianza.
Una tristeza silenciosa le cayó encima a Elena, y no pudo hacer más que bajar la mirada.
—¿Qué pasa? —preguntó él, captando de inmediato su cambio de humor.
—Es que... yo no puedo tener hijos —murmuró ella con la voz apagada—. Si eso es un problema para ti, lo entiendo. Podemos dejar esto hasta aquí cuando quieras...
Él la tomó de la mano y le dedicó una sonrisa.
—Elena, siempre podemos adoptar. Hay muchísimas opciones. Que por algo así empieces a dudar de mí y hasta pienses en terminar conmigo sí me pega donde más duele.
Elena sabía que él no se parecía en nada a Diego, y el ánimo le volvió al cuerpo al instante.
—Está bien, ya entendí.
***
Más tarde esa noche, Elena estaba en una llamada con Isabel y le platicó lo sucedido.
Isabel no dudó en echarle flores:
—Ese Alejandro es un partidazo. Ahora sí que no te equivocaste de hombre, Elena.
Al recordar cómo Diego siempre usaba a su familia para chantajearla, Elena pensó que Diego no le llegaba ni a los talones a Alejandro.

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