Al verla, a Nora se le iluminó la cara y le dijo:
—¡Qué bueno que llegaste, Elena! Ahora te vistes con mucho más estilo que antes. Ya te lo había dicho, las mujeres debemos arreglarnos mientras somos jóvenes; ya de viejas, ¿qué chiste tiene?
Elena le entregó su regalo:
—Señora Nora, muchas felicidades por su boda.
Nora le agradeció encantada. Al abrir la caja y ver que era un par de pulseras finas y pesadas, se las puso de inmediato.
Tomó a Elena de las manos:
—Me fascinan. Tu regalo es el que más me ha gustado.
Beatriz, que estaba a un lado, torció la boca y opinó:
—Elena tiene pésimo gusto para los regalos, ¿de qué te emocionas?
Nora la miró con una advertencia clarísima.
—¡Hoy es un día muy especial para mí! Si me echas a perder la fiesta, ¡yo también te voy a amargar el rato! Conozco bastantes de los trapitos sucios de tu familia.
Beatriz nunca le ganaba en las discusiones a su hermana, así que prefirió quedarse callada.
Elena, ignorando a Beatriz como si fuera un fantasma, le dijo a Nora:
—Me voy a sentar.
—Claro —respondió Nora, soltándola de mala gana.
Luego, volteó a ver a Beatriz con expresión de decepción.
—Te cayó una nuera que era un ángel y ni así la supiste valorar. Tú solita la ahuyentaste; vas a ver que un día tu hijo te va a reclamar.
Si ella tuviera una nuera así de bonita, inteligente y dulce, no dejaría de presumirla.
Beatriz resopló con desdén:
—Lo único que tiene es la cara. Mi Diego es demasiado perfecto; que él se haya fijado en ella fue una bendición para esa muchacha.
Como no se podía razonar con ella, Nora la ignoró y siguió tomándose fotos muy acaramelada con su esposo.
Diego entró al salón y, al ver a Elena, esbozó una sonrisa sin darse cuenta.
Se acercó y se sentó a su lado.
Elena ni siquiera lo volteó a ver.
Diego le sirvió agua con toda naturalidad y le recordó:
—Al rato, cuando termine la ceremonia, vamos a tomarnos fotos con mi tía y los demás.
Elena siguió sin responderle.
Diego sonrió y se puso a platicar con un chavo de su edad que estaba al lado.
En esa mesa había varios jóvenes muy atractivos; todos eran primos del esposo de Nora.
Diego no sintió la más mínima envidia. Estaba convencido de que Elena jamás se fijaría en ellos, así que no tenía de qué preocuparse.
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