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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 410

«Ni modo», pensó. «Ya lo veré cuando salga».

Después de un encuentro que todavía la tenía sin aliento, Elena seguía tendida entre las sábanas, con la frente empapada de sudor.

Alejandro se inclinó hacia ella y volvió a buscarla con una ternura lenta que todavía le erizaba la piel.

A diferencia de la intensidad de antes, ahora todo en él era pausa, suavidad y cuidado.

Elena, rendida de cansancio, bostezó y le advirtió:

—Mañana tengo junta temprano. Si no me despierto, me levantas.

—Está bien.

A la mañana siguiente, Elena volvió en sí entre los besos de Alejandro.

Se tocó la oreja sin entender por qué siempre se empeñaba en besarla ahí.

Al entrar al baño y mirarse en el espejo, descubrió que tenía la oreja marcada y eso le arrancó un gesto de pura impotencia.

Ya no le quedaba más remedio que llevar el pelo suelto todo el día.

Ya arreglada, salió a desayunar y aprovechó para advertirle:

—La próxima vez no me muerdas las orejas.

Alejandro se rio:

—¿Prefieres que te muerda los labios entonces?

A él le encantaba besarla y siempre encontraba un pretexto para volver a buscar su boca.

Y lo hacía tan seguido que una vez le dejó los labios hinchadísimos. De pura suerte eso había caído en fin de semana, de lo contrario se habría muerto de vergüenza en el trabajo.

Entre los labios o las orejas, Elena prefería mil veces las orejas.

—Mejor quédate con las orejas.

Alejandro le tomó la mano, le besó los dedos y le dijo:

—La verdad, esto también me encanta. La verdad es que de ti me gusta hasta lo que ni imaginas.

Teniendo a un hombre tan atractivo llenándola de besos, abrazos y palabras bonitas, era imposible que Elena no se le rindiera un poco por dentro.

Soltó un suspiro y fingió ponerse seria:

—Ya apúrate a comer, que tenemos que ir a trabajar.

Al mediodía, Elena recibió un mensaje de Sofía:

[Hace poco le mandé a mi hermano un buen de novelas románticas y cómics de amor, no sé si ya los leyó. ¿Tú cómo ves que se anda portando contigo? Si de plano no da una, me avisas para ponerlo a estudiar].

Elena se quedó sin palabras.

Con razón a veces sentía que Alejandro salía con cada frase perfecta; al parecer, no le nacían tan de la nada como ella creía.

***

A causa de la peste que traían encima, Beatriz e Isabela no se atrevieron a asomar las narices fuera de la casa durante toda la semana.

Pero Diego no se podía dar el lujo de faltar a la oficina.

Fue al doctor, pero le dijeron que no había medicamento para eso y que solo le quedaba esperar a que se le quitara el olor.

Para poder salir a la calle, se vaciaba media botella de perfume encima; sin embargo, en cuanto pisaba la empresa, sentía las miradas raras de sus empleados.

Diego estaba acostumbrado a ser tratado como un rey, nunca en su vida lo habían humillado de esa manera.

Canceló todos los compromisos que tenía esa semana y dejó de ir a las juntas, se encerró a piedra y lodo en su oficina a sacar pendientes.

Hasta su asistente se armaba de valor antes de entrar.

A Diego se le revolvió el estómago del coraje.

Todo el santo día puro coraje y ninguna buena noticia.

En la noche, cuando llegó del trabajo y se quitó el saco, Adriana se acercó cariñosamente para recibirlo.

Al ver que ya no apestaba a rayos, Adriana soltó un suspiro de alivio.

—Diego, la cena ya está lista, ¿vamos a comer?

Diego asintió y se sentaron juntos en el comedor.

Al notar que él no le había ofrecido el brazo ni la había ayudado a sentarse, Adriana se sintió ignorada.

Diego le soltó de sopetón:

—Me dijeron que hubo un problema con el proyecto HSV-121. ¿Para cuándo queda arreglado?

A Adriana le cayó como un golpe que él solo hablara de trabajo y ni siquiera se tomara la molestia de preguntarle cómo se sentía.

Pero se aguantó el nudo en la garganta y le aseguró, intentando sonar tranquila:

—Ya casi lo sacamos, Diego. Te juro que el proyecto va a salir a la perfección.

Diego se jaló la corbata con fastidio.

—Más te vale.

Le habían metido una fortuna a ese proyecto; si fracasaban, las pérdidas iban a ser brutales.

Comió un par de bocados y, como se le quitó el hambre del estrés, se levantó y se encerró en el estudio.

Adriana se mordió el labio, se fue a su cuarto y le marcó a Ignacio.

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