Madre e hija apenas salían del salón cuando un escuincle que iba pateando un balón por el pasillo apareció de la nada.
El niño no se fijó y, al patear el balón, le dio un balonazo directo en la frente a Beatriz.
A Beatriz le salió un chichón al instante.
—¡Chamaco malcriado! —pegó un grito histérico—. ¿De dónde salió?
Cuando las dos voltearon, el niño ya había desaparecido.
Con tanto coraje, se les olvidó taparse la nariz y volvieron a respirar ese tufo vomitivo, lo que provocó que ambas soltaran arcadas otra vez.
—Mamá, vámonos ya a bañar y a cambiarnos de ropa, ¡este olor a perro muerto me va a volver loca! —rezongó Isabela—. Si me vuelvo a topar a la maldita de Elena, juro que me la va a pagar.
Diego alcanzó a Elena en la entrada.
Pero ella ya se había subido al coche de Alejandro.
—¡Elena! —le gritó.
Ella ni siquiera volteó.
El carro arrancó.
A Diego se le disparó la rabia al verla irse así.
¿Cómo se atrevía a subirse al coche de otro hombre?
Se acordó de las vibras extrañas que hubo entre Alejandro y Elena en la cena de hace tiempo.
«¿Será que de verdad ya anda con alguien más?», pensó.
Apretó los dientes, sacó su celular y le marcó a su asistente:
—Investiga de inmediato si Elena se anda acostando con Alejandro Vargas.
—Enseguida, director Romero.
Elena, ya en el coche de Alejandro, llegó a su casa y lo primero que hizo fue lavarse las manos con muchísimo jabón.
Ese olor todavía le tenía revuelto hasta el estómago.
Isabel le había jurado que el olor no se iba en una semana; esperaba que fuera cierto.
Nada le daría más gusto que ver a los Romero apestando por todos lados.
Al salir del baño, se topó con que Alejandro ya le había calentado la cena.
—¿Quieres comer algo? La señora Salinas preparó pescado asado con arroz.
Elena se puso ropa cómoda, se sentó en el comedor y empezó a cenar.
Con el borlote que le habían armado los Romero, no había podido probar bocado.
Al ver que estaba comiendo con ganas, Alejandro le sirvió un vaso de jugo.
—¿No cenaste en la boda?
Elena negó con la cabeza:
—Quería cenar, pero me ensuciaron el vestido, así que mejor me vine.
—¿Fueron los Romero? —le preguntó él.
Ella asintió.
—¿Quieres que intervenga?
Al acordarse de los frasquitos con el agua apestosa, su humor mejoró enseguida.
—No, ya me cobré la ofensa. Oye, por cierto, si en estos días tienes alguna junta o evento donde estén los Romero, no vayas.


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