Diego miró a Elena, que estaba de pie no muy lejos con una expresión de total indiferencia, y sintió que una inexplicable irritación le invadía el pecho.
Soltó a Adriana y se dirigió hacia Elena.
—Elena, ¿tienes idea de qué día es hoy? ¿Cómo te atreves a humillar de esa manera a Adriana el día de la celebración del primer mes del bebé? Ella acaba de dar a luz y está muy débil. ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¡Eres perversa!
Elena lo observó con una sonrisa burlona.
—¿Estás enojado por la humillación de Adriana o por la de la familia Romero? Estás furioso porque arruiné la celebración de tu hijo, ¿verdad?
Diego frunció el ceño.
—¿De qué estupideces estás hablando?
Elena sacó su teléfono y reprodujo el video de Adriana anunciando públicamente que era la señora Romero.
—¿Todavía crees que soy imbécil? Diego, todos aquí saben que ella es tu esposa y que hoy celebran a tu hijo. ¿De verdad pensaste que podías ocultármelo? Seguramente pensabas que era una tonta. Me engañaste durante cinco años con un acta de matrimonio falsa. ¡Qué clase de hombre eres, Diego!
Diego no esperaba que ella ya lo supiera todo. Al mirarla a los ojos, su mente se quedó en blanco y, por un instante, no supo qué responder.
Elena soltó una carcajada seca, se dio la vuelta y salió del salón de banquetes.
Él intentó correr tras ella para detenerla y explicárselo, pero Adriana lo agarró de la mano desde atrás.
—Diego, ¿qué voy a hacer ahora? No puedes dejarme sola. ¡Me da terror quedarme en la casa; tu madre y tus hermanas seguramente me van a culpar de todo!
Una llamarada de ira estalló en el interior de Diego. Se volvió hacia ella y la miró furioso.
—¿Por qué anunciaste públicamente que eras la señora Romero? Adriana, ¿acaso no te he dado suficiente? Sabías perfectamente las consecuencias que traería que Elena se enterara de la verdad. ¿Por qué demonios tuviste que abrir la boca?
Esa explosión repentina hizo que Adriana diera un respingo del susto.
Reprimiendo su sentimiento de injusticia, murmuró:
—¿Cómo iba a saber que Elena aparecería de repente? Te lo juro, no tenía ni idea...
Lucía se les acercó a grandes zancadas y le propinó un par de bofetadas en la cara a Adriana.
Tras calmarse, Diego también llegó a la conclusión de que la sugerencia de su hermana era inviable.
Ya se había casado por el civil con Adriana y tenían un hijo; sin importar los errores que ella hubiera cometido, él tenía que hacerse responsable.
Además, si ahora que todos sabían que Adriana era su esposa pedía el divorcio, ¿qué diría la gente de él y del Grupo Romero?
Lo más urgente era limpiar la imagen de Adriana y tratar de salvar lo que quedaba de la reputación de la familia.
—Lucía, no vuelvas a mencionar lo del divorcio —le dijo a su hermana—. Primero hay que ayudar a Adriana a darle la vuelta a esta situación mediática. La familia Romero no puede perder su prestigio.
Al ver que no le haría caso, Lucía dejó escapar un largo suspiro.
Por su parte, Adriana soltó el aire retenido.
Sabía muy bien que, mientras su hijo estuviera con ella, ¡no importaba qué tan grave fuera el problema, siempre en contraría la manera de salir victoriosa!
Jamás permitiría que Elena tomara su lugar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....