Elena no se quedó a compartir el café. En cuanto terminaron de hablar de trabajo, regresó directamente al laboratorio.
Estuvo ocupada hasta la una de la tarde, compró comida para llevar y se dirigió al hospital para ver a Alejandro.
Él había dormido un poco más durante la mañana y ahora se veía mucho mejor. Estaba recostado, revisando documentos en su computadora.
Elena dejó la comida sobre la pequeña mesa y le preguntó:
—¿Ya almorzaste?
—Sí, ya comí —asintió Alejandro—. ¿Tú todavía no? Tienes que comer ahora mismo. La señora Salinas trajo dos porciones para ti.
Elena no tenía tanta hambre, así que comió una parte y guardó el resto en el pequeño refrigerador de la habitación.
—Me siento completamente recuperado —le dijo Alejandro—. En la tarde me harán un último chequeo y, si todo sale bien, me darán el alta.
Elena sabía que él era un adicto al trabajo. Si no fuera porque literalmente se desmayó por la fiebre, jamás se habría tomado un descanso.
—Mejor quédate bajo observación un poco más —dijo ella en tono firme—. La fiebre puede volver con facilidad. Me preocuparía mucho si te vuelve a subir esta noche.
Alejandro, consciente del esfuerzo que Elena hacía al trabajar y cuidarlo a la vez, no quiso generarle más angustia y cedió.
—Está bien.
La señora Salinas, que los observaba en silencio, sonrió complacida. Había servido en la mansión principal durante años y conocía el carácter terco del director Vargas. Para él, el trabajo era su vida, e incluso su abuela nunca lograba convencerlo de descansar.
Pero ahora, bastaba una palabra de su esposa para que obedeciera. Estaba claro cuánto la valoraba.
Elena salió al pasillo para atender una llamada del trabajo cuando, de repente, se encontró de frente con Diego y Adriana.
Adriana llevaba bata de hospital y estaba sentada en una silla de ruedas, fulminando a Elena con la mirada.
El desarrollo del proyecto HSV-121 había enfrentado un problema crítico. Ignacio, buscando exprimirles más dinero, había abandonado todo el trabajo. Adriana no tenía los fondos suficientes para pagarle, y el estrés de la situación la había mandado directo al hospital.
Diego había corrido a verla en cuanto le informaron que había riesgo de perder el embarazo.
Elena no tenía el menor interés en cruzar palabras con ellos, así que dio media vuelta.
Pero Diego se adelantó y la detuvo.
—¡Diego...!
Al verla sufrir, él no tuvo más remedio que dejar ir a Elena y llevar a Adriana con el doctor.
Cuando Elena volvió a la habitación, ya había recuperado la calma.
Pero Alejandro la conocía demasiado bien. Notó de inmediato la tensión en sus hombros.
—¿Qué pasó? —preguntó suavemente.
Elena no le ocultó nada y le contó cada detalle del encuentro.
—¿Crees que fui demasiado lejos?
Alejandro sonrió.
—¿Pagar el mal con bondad? Jamás. Si fuera yo, habría sido mucho más cruel. Elena, haz lo que tengas que hacer. Siempre estaré aquí para apoyarte.
Elena sonrió, sabiendo que él nunca le daría la espalda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....