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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 533

Adriana poseía el dos por ciento de las acciones del Grupo Romero. Era un regalo que Diego le había transferido en secreto, a espaldas de sus tres hermanas, durante la mejor época de su relación. ¡Pero de ninguna manera se las iba a entregar a Elena!

—¡Imposible! Elena, estás pidiendo peras al olmo. Ni siquiera lo intentes. ¡Ni yo, ni Diego, ni Lucía te daremos eso!

—Entonces no tenemos nada más que hablar.

Elena colgó la llamada y se giró hacia Bruno.

—Primero llévame al local de mi tía.

—Entendido —respondió el chofer.

Al llegar, vio que su tía Carmen estaba ocupada atendiendo a los clientes, así que se sentó a un lado para ayudar a su prima Ariadna con la tarea.

Ariadna le ofreció un pedazo de pastel y la miró con ojitos suplicantes.

—Elena, ya casi empiezan mis vacaciones de verano y me muero por ir al acuario. ¿Crees que podrías acompañarme?

Elena sonrió y asintió.

—Claro que sí, me haré un espacio el fin de semana para llevarte.

Ariadna iluminó el lugar con su sonrisa.

—¡Gracias, Elena!

En ese momento, Carmen salió de la cocina y, al escucharlas hablar del acuario, se apresuró a advertirles:

—Vayan y miren los peces, pero por favor, no se suban a ningún juego mecánico. Últimamente he visto en las noticias varios accidentes terribles en los parques de diversiones y me da pánico. De ahora en adelante, cuando salga con Ariadna, nada de montañas rusas ni cosas que te pongan de cabeza.

Elena le dio la razón.

—No te preocupes, tía, no nos subiremos a nada peligroso.

Carmen revisó el clima en su teléfono y se apresuró a apurarla.

—Parece que se viene una tormenta fuerte esta noche. No se sabe si el tifón golpeará la ciudad. Termina tu pastel y vete a casa pronto. Yo solo cierro la caja y también nos vamos.

Al salir del local, Elena subió al auto.

La señora Salinas le había enviado un mensaje avisándole de la inminente tormenta y de que le había dejado la cena lista para que solo la calentara.

Alejandro aún no regresaba. Elena, sintiéndose un poco llena por el pastel, decidió dejar la cena para más tarde y se acomodó a beber lentamente un vaso de jugo de frutas que su tía le había dado.

Chispa, que usualmente era un torbellino de energía, estaba acostado en su cama, completamente decaído.

Elena intentó darle agua un par de veces. Él apenas dio dos lengüetazos antes de volver a desplomarse.

—Volvemos esta noche.

—Director, acaba de llegar el reporte satelital —dijo el asistente, alarmado—. Los vientos cruzados en el aeropuerto superan los treinta y cinco nudos y la visibilidad es casi nula. Su Gulfstream G650 es una maravilla de la ingeniería, pero su límite para vientos cruzados es de treinta nudos. Si despegamos ahora, hay un ochenta por ciento de probabilidades de que tengamos que hacer un aterrizaje de emergencia en la ciudad vecina, y aun así no llegaría.

—Prepara el vuelo ahora mismo —ordenó Alejandro, en un tono que no admitía réplica.

Sabiendo que era inútil discutir, el asistente corrió a informarle al piloto.

Mientras tanto, Elena llegó a la clínica con Chispa en brazos.

Tras realizarle varios exámenes de urgencia, el veterinario fue claro:

—Todo indica que es una intoxicación alimentaria. ¿Qué comió hoy?

Elena repasó la dieta diaria del perro.

—Solo ha comido lo de siempre. Es imposible que eso lo intoxicara.

—¿Lo sacaste a pasear? ¿Pudo haber comido algo en el pasto que no debía?

Elena llamó de inmediato a la señora Salinas y puso el altavoz.

—Fui a darle su almuerzo al mediodía y lo saqué a dar un par de vueltas por el edificio. Ah, ahora que lo menciona... lo vi olfatear unas flores en el jardín, creo que hasta lamió una.

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