Desde la habitación, Fernando había escuchado cada palabra del enfrentamiento.
En cuanto vio entrar a Hugo y a Eulalia, su rostro se endureció.
—Señor Valiente, señorita Guzmán. Todavía tengo asuntos técnicos que discutir con el director Medina y con Elena. Les pido amablemente que se retiren.
Hugo no era tonto; sabía perfectamente que el profesor estaba usando su autoridad para proteger a Elena y echarlos del lugar.
Con el rostro ensombrecido por la ofensa, asintió de mala gana.
—Siendo así, Eulalia y yo no los interrumpiremos más.
Una vez que ambos salieron, Fernando miró a su colega, exasperado.
—Ese Hugo es un completo ignorante. Y esa tal Eulalia no tiene la más mínima vocación científica. Medina, te lo advierto, el proyecto del inhibidor de PD-1 va a ser un dolor de cabeza.
El director Medina sonrió con resignación.
—Lamentablemente, no podemos escoger a los inversores. Solo nos queda esperar que Eulalia tenga la decencia de hacer bien su trabajo.
—Podrá tener algunas habilidades técnicas, pero su carácter es podrido. En este campo, sin integridad, no llegará a ninguna parte —sentenció Fernando, antes de volverse hacia Elena.
—Te saqué del proyecto del inhibidor de PD-1, a pesar de que tú diseñaste toda la base, por tres razones. Primera, tus capacidades están a otro nivel. Dejarte como asistente de Eulalia sería un desperdicio absoluto de talento. Segunda, te necesitaba libre para liderar proyectos donde realmente pudieras brillar. Y tercera... sabía qué clase de persona era Hugo. Si te quedabas ahí, ese hombre usaría su poder como inversor para hacerte la vida imposible y hundir tu investigación. No iba a permitir que mi mejor científica pasara por eso. ¿Entiendes mi decisión?
Elena asintió, sintiendo un profundo respeto por el anciano.
—Comprendo perfectamente sus motivos, profesor. Se lo agradezco.
Fernando asintió, satisfecho.
—Bien, entonces regresa al laboratorio. Y por favor, dejen de venir a verme. Mi familia ya me está cuidando. Ustedes tienen que enfocarse en la ciencia, no en hacer visitas de cortesía.
Elena sonrió, sabiendo que su jefe no cambiaría nunca.
—Entendido.
***
Al regresar a la mansión de la familia Valverde, Eulalia encontró a Bianca leyendo en la sala de estar. Se sentó a su lado, asegurándose de que su mano vendada quedara a la vista.
Al notar el vendaje, Bianca dejó su lectura de inmediato.
—Eulalia, ¿qué te pasó en la mano?
Eulalia fingió dudar por un segundo antes de responder con voz temblorosa.
—Fui al hospital a visitar al profesor Álvarez... Hubo un malentendido con Elena y me terminé cortando. Pero no fue nada grave.
—¿Elena te hizo eso? —preguntó Bianca, con el ceño fruncido.
—Mamá, por favor, no te enojes con ella. Te juro que no fue su culpa.

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