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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 575

Adriana intentó llamar a Elena en repetidas ocasiones, pero todas sus llamadas fueron enviadas directamente al buzón de voz.

La furia la impulsó a sentarse de golpe en la cama, lo que provocó un tirón en su herida. Un dolor agudo y desgarrador la atravesó, volviendo su rostro ya pálido de un tono casi cadavérico.

La empleada que estaba a su cuidado corrió a sostenerla por los hombros para recostarla de nuevo, ajustándole rápidamente las mantas.

—Señora, por el amor de Dios, acaba de salir de cirugía. Tiene que quedarse quieta y hacer reposo, o esto se le va a complicar.

Dicho esto, le arrebató el teléfono de las manos con firmeza.

—Y nada de pantallas. Se va a lastimar la vista si sigue con eso.

Adriana tardó varios minutos en recuperar el aliento y esperar a que la punzada de dolor cediera un poco. Sintió un sofoco repentino y se dirigió a la mujer.

—Baja la temperatura del aire acondicionado, hace calor.

—Ni hablar. Usted está en pleno reposo tras el aborto; el frío directo le hará daño a los huesos.

Cuando Adriana dio a luz a Maxi, la familia había pagado una fortuna para que su recuperación fuera en una clínica de reposo de lujo. Allí, las enfermeras corrían a cumplir hasta el más mínimo de sus caprichos y nadie se atrevía a contradecirla.

Pero esto era diferente. Había perdido al bebé, y Beatriz estaba tan furiosa con ella por su descuido que, por supuesto, se negó rotundamente a financiarle otra estancia en una clínica de lujo.

En su lugar, la suegra había contratado a una empleada a través de una agencia barata. Le pagarían por un mes y su nivel de atención era pésimo comparado con el servicio impecable al que Adriana estaba acostumbrada.

Adriana sentía que se ahogaba de la rabia. Estaba sudando, la garganta le ardía y le pidió a la empleada que le sirviera un poco de agua. Pero la mujer, sentada cómodamente a un lado, estaba tan absorta viendo videos cortos en su celular que la ignoró por completo.

El rostro de Adriana se encendió de la cólera.

En cuanto Diego pusiera un pie en esa habitación, le exigiría que echara a esa inútil a la calle.

La agonía se prolongó hasta la mañana siguiente, cuando Diego finalmente hizo acto de presencia.

Con la garganta reseca y el cuerpo dolorido, Adriana abrió la boca lista para soltar un mar de quejas, pero él se adelantó y miró fijamente a la empleada.

—Sal de la habitación. Necesito hablar a solas con mi esposa.

La misma mujer que había estado sorda a las súplicas de Adriana el día anterior, al escuchar la voz autoritaria del patrón de la casa, se levantó como un resorte y salió a toda prisa.

Adriana sentía que el universo se había ensañado con ella: no solo había pasado por una cirugía traumática, sino que la trataban como basura en su propia recuperación.

Con los ojos llenos de lágrimas, esperaba que Diego se acercara a consolarla.

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