—Si Elena es tan maravillosa, ¿por qué demonios terminaste conmigo en primer lugar? ¿Acaso no fue solo porque te convenía que yo te diera un heredero varón? Eres un egoísta asqueroso, Diego. Si hoy soy este desastre humano, ¡es por tu culpa!
Tras escuchar la catarata de insultos y reproches, el rostro de Diego se volvió impenetrable.
Dejó pasar un largo silencio antes de responder con voz glacial:
—Adriana, deja de hacerte la víctima de telenovela. ¿Acaso te puse un arma en la cabeza para que firmaras los papeles del matrimonio o para que te embarazaras? Vives en la casa de los Romero con un millón al mes para tus caprichos, sin mover un solo dedo ni preocuparte por criar a tu hijo. ¡Cualquiera mataría por estar en tu lugar! Tú solita te buscaste esta desgracia con tus berrinches y tus estupideces. Perdiste a tu propio hijo por tu maldita negligencia, ¿y todavía tienes el descaro de culpar a los demás? Si ya no quieres estar casada conmigo, el divorcio está en la mesa.
Sin añadir una palabra más, giró sobre sus talones y salió de la habitación.
Adriana rompió a llorar, sollozando con tanta fuerza que le faltaba el aire.
Siempre era lo mismo. Cada vez que peleaban, él se aferraba a su versión de las cosas, negándose rotundamente a validar lo que ella sentía.
La empleada asomó la cabeza por la puerta con timidez y se acercó, adoptando un tono falsamente compasivo.
—Ay, señora, no sea tan terca. Usted vive de lo que ese hombre le da. Un millón mensuales... mucha gente vendería su alma por una vida así, ¿y usted se pone a gritarle? Acaba de perder a su bebé, es lógico que el patrón esté furioso. La próxima vez que venga, hágase la suave y endúlcele un poco el oído.
Adriana, que ya sentía que la sangre le hervía en las venas, explotó al escuchar la desfachatez de la mujer.
—¿A ti quién te pidió tu opinión? ¡Lárgate de aquí!
La empleada torció la boca con desagrado.
—Me voy si quiero, faltaba más. Pero que quede claro: si me echa, mi pago se queda intacto. Yo estoy aquí para trabajar, si usted no quiere que la atiendan, ese es su problema.
Adriana jadeaba, presa de un ataque de furia, mientras el dolor de su cirugía volvía a punzarle con violencia.
***
Esa misma tarde, al salir de su oficina, Elena recibió una llamada de Javier.
—Elena, los abogados del director Romero se comunicaron conmigo. Quieren retirar la denuncia.
Elena soltó una carcajada sarcástica.
—Claro que quieren retirarla, porque saben que están arrinconados y que los íbamos a aplastar en la corte. Diles de mi parte que no acepto. Voy a demandar a Adriana por difamación.
Si Adriana había tenido la desfachatez de intentar arruinarle la vida, tendría que pagar el precio.
El abogado Cortés transmitió el mensaje y, poco después, se comunicó nuevamente con ella.
—El director Romero dijo que, si deseas proceder legalmente contra Adriana, tienes luz verde. Él se desentiende del asunto por completo.
Elena arqueó las cejas, sorprendida.
Pero enseguida lo entendió: conociendo a Diego, la irresponsabilidad de Adriana al provocar la pérdida de su ansiado heredero lo tenía furioso.
—Excelente, abogado Cortés. Proceda con la demanda.
—Entendido.

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