Para sanar su orgullo herido, regresó con Valentín y aceptó su invitación para irse de fiesta toda la noche.
Más tarde, desde su casa, Elena navegaba por Instagram y se topó con las fotos de Eulalia. En ellas aparecía cubierta de pies a cabeza en marcas de lujo, brindando con un grupo de amigos en un antro exclusivo.
Elena frunció el ceño, intrigada. Se suponía que Eulalia lideraba un proyecto crucial y debía estar ahogada en trabajo. Sin embargo, su muro era un desfile de compras de diseñador, cenas exóticas, tardes de té en mansiones y fiestas interminables.
¿Realmente alguien con ese ritmo de vida podía tener la mente clara para investigar?
***
A las seis de la tarde, Elena concluyó sus pendientes y salió corriendo del edificio. Bruno ya la esperaba.
Al subir al auto, le preguntó:
—¿Está todo listo, Bruno?
—Todo en orden, señora.
—¿No le dijiste nada a Alejandro?
—Por supuesto que no. Usted me pidió discreción, jamás la traicionaría.
—Perfecto.
Eran las diez de la noche cuando Alejandro por fin dio por terminada su jornada. Bajó al estacionamiento subterráneo, se dejó caer en el asiento trasero de su coche y cerró los ojos, exhausto.
Pero el vehículo no se movía.
Abrió los ojos y preguntó con voz cansada:
—¿Por qué no arrancamos?
Necesitaba volar de regreso a Ciudad del Río; si se demoraba, Elena volvería a quedarse despierta esperándolo.
La persona en el asiento del conductor se giró. Sus ojos brillaban de travesura.
—¿Elena? —Alejandro se quedó paralizado, y luego una sonrisa deslumbrante iluminó su rostro—. ¿Qué haces aquí?
—Salí temprano, así que tomé el jet privado y vine a verte —rio ella—. Hoy dormiré en nuestra casa aquí en Ciudad del Norte, y mañana temprano vuelo directo a la oficina.
—Vas a terminar agotada —suspiró él, aunque no podía ocultar su felicidad.
—Si tú no te cansas de viajar por mí, yo tampoco me canso de hacerlo por ti.
El guardaespaldas en el asiento del copiloto fingió demencia, sintiéndose como el sol de mediodía en medio de esa escena romántica.
Tras la ducha, terminaron acurrucados en el sofá de la sala, besándose con desesperación.
Elena trazó con su dedo la línea del cuello de él y susurró con voz ronca y seductora:
—Alejandro... este lugar se siente... emocionante.
Él soltó una risa profunda que le vibró en el pecho y respondió con picardía:
—Tengo propiedades en toda la ciudad. Si te gusta la novedad, podemos inaugurar una distinta cada semana.

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