—No. Quiero que vuelva conmigo —gruñó Diego—, pero creo que de verdad se enamoró de él. Incluso está viajando todos los días entre ciudades solo para verlo.
—Diego, piénsalo bien —murmuró Eulalia con voz venenosa—. Si estuviera tan perdida por él, se habría mudado definitivamente, ¿no crees? El hecho de que siga aquí significa que aún no te supera y solo lo usa para lastimarte. Mientras no haya un acta de matrimonio de por medio, todavía es tuya.
El ego de Diego absorbió la mentira como un salvavidas.
—Tienes toda la razón. ¿Cómo no lo vi antes?
Más tarde, Eulalia lo llevó en su auto hasta la villa Romero.
Al escuchar el motor, Adriana salió a recibir a su esposo, que apenas podía mantenerse en pie.
Desde que Diego le impuso la ley del hielo, Adriana se había convertido en una sombra en esa casa. Agachaba la cabeza ante los desprecios de Beatriz, soportaba las humillaciones de las hermanas de Diego y, las pocas veces que él cenaba en casa, lo atendía con sumisión absoluta.
No exigía, no gritaba. Estaba desesperada por salvar su matrimonio. Por eso, al verlo llegar ebrio acompañado de otra mujer, se tragó el orgullo en silencio.
Eulalia la miró con profunda lástima y asco. Esperaba que la mujer que había perdido a su bebé se hubiera convertido en una fiera dispuesta a destruir a Elena, pero resultó ser una cobarde patética.
Desde su pedestal de arrogancia, Eulalia soltó:
—Diego estaba destrozado esta noche. Tuve que consolarlo horas enteras para convencerlo de volver a esta casa. Te lo entrego; más te vale cuidarlo como es debido.
Adriana sostuvo el peso de su esposo, con los labios tan apretados que estaban blancos.
¿Quién se creía esa cualquiera para decir que había tenido que consolar a su marido? ¡Maldita oportunista!
Juró que algún día le haría pagar semejante humillación.
Una vez que Eulalia se fue, Adriana arrastró a Diego hasta la habitación. Le cambió la ropa y le limpió el rostro con una toalla húmeda. Al mirarlo dormido en la cama, tomó una decisión radical.
Los doctores le habían advertido que su cuerpo estaba destrozado y no soportaría otro embarazo a corto plazo, pero no le importaba. Era la única carta que le quedaba para retenerlo.
Se inclinó y comenzó a besarlo.
Diego abrió los ojos, confundido por el alcohol. Al enfocar el rostro demacrado de Adriana, el asco lo dominó y la empujó con una fuerza brutal.
Adriana salió volando y cayó al suelo, soltando un grito ahogado cuando el dolor le atravesó el coxis.
Diego la miró, detallando su cabello ralo y su aspecto enfermizo, y escupió con frialdad:
—No me toques. Me das asco.
—No.
—¿Para la señorita Navarro?
—No —respondió Diego, firmando unos documentos—. Envíalo a la señorita Guzmán.
Ella se había portado maravillosamente la noche anterior, escuchándolo y alimentando su ego. Debía recompensarla.
Cuando Eulalia recibió las flores en el instituto, sonrió complacida y lo llamó de inmediato.
—Diego, mil gracias, jamás imaginé que me mandarías un detalle así.
—Es lo mínimo después de lo mucho que me ayudaste anoche —respondió él con voz suave—. Por cierto, invité al director Valiente a comer hoy. ¿Te gustaría unirte?
—Me encantaría —aceptó ella, encantada.
Eulalia no sentía la más mínima atracción por Diego, y sabía que él tampoco la deseaba. Por eso podían ser excelentes cómplices y amigos de parranda.
¿Si a Adriana le importaba? Francamente, le importaba un rábano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....