En ese instante, Diego deseaba poder acabar con la vida de Alejandro.
Eulalia terminó de vestirse y le preguntó:
—Tu chofer me trajo, ¿podrías pedirle que me lleve de regreso?
Diego asintió, entró al baño para darse una ducha y luego salió con ella.
En el ascensor, Eulalia señaló la marca roja en su cuello y le sonrió.
—Mordiste bastante fuerte. Si vuelves a ser tan rudo, no volveré a jugar contigo.
Diego sacó su teléfono y le transfirió dinero.
—Para que te compres una pomada.
Ella sonrió y aceptó el dinero.
—Estás perdonado.
Diego miró a Eulalia sin que un solo destello de emoción cruzara por sus ojos.
Con Elena, siempre sintió mariposas en el estómago.
Cuando empezó su aventura con Adriana, por ser su primera infidelidad, experimentó una adrenalina que lo mantuvo enganchado un tiempo.
Pero con Eulalia solo sintió necesidad física.
Llegó a la conclusión de que las necesidades del cuerpo y el amor podían separarse.
¿Sería igual para Elena?
A partir de ese día, Diego invitaba frecuentemente a Eulalia a beber.
A ella le encantaba acostarse con él, así que nunca se negaba.
Mantenían un acuerdo tácito, una relación secreta donde ambos obtenían lo que querían.
***
El martes por la tarde, Elena recibió a unos colegas veteranos que visitaban el laboratorio. Cuando la reunión terminó, ya eran las ocho de la noche.
Elena los acompañó hasta un hotel cercano.
Al llegar a los ascensores, vio a Diego y a Eulalia.
Parecía que acababan de besarse; ella ya no tenía labial, pero había marcas rojas en la comisura de los labios de Diego.
A Elena no le importó en lo más mínimo con quién estuviera Diego. Apartó la mirada con frialdad y siguió debatiendo temas profesionales con sus colegas.
Diego jamás imaginó que se la toparía ahí. Un fugaz atisbo de pánico cruzó su rostro.
Quiso dar una explicación, pero al ver la mirada gélida de Elena, detuvo el paso que ya había dado hacia ella.
A Eulalia la situación le pareció de lo más interesante y no dejaba de analizar las expresiones de Elena.
Sentía mucha curiosidad por saber cómo reaccionaría al descubrir que ella se estaba acostando con el hombre que alguna vez fue el amor de su vida.
Pero la absoluta indiferencia de Elena la decepcionó un poco.
Al llegar a la habitación, Diego había perdido todo el apetito sexual.
—Si no quieres hacer nada, me voy —dijo Eulalia con una sonrisa.
Cuando Eulalia se enteró de la noticia, sintió que era su gran oportunidad.
Era el momento perfecto para dejarse ver por Alejandro.
Esa noche cayó una tormenta.
Mientras Alejandro iba de regreso a casa en su auto, hizo una videollamada con Elena.
Ella acababa de lavarse el cabello y se quejaba de lo inótil que era el secador del hotel.
—Le diré a Bruno que te compre uno nuevo —rió él suavemente.
—No hace falta. En Ciudad Marazul también está lloviendo, no los hagas salir con este clima.
—Me quedaré despierto hasta tarde, puedes llamarme en cualquier momento.
Desde que estaba con él, Elena había aprendido a ser cariñosa con mucha naturalidad.
—Entonces, ¿si te pido que me cantes para arrullarme, lo harías?
La sonrisa de Alejandro fue extremadamente tierna.
—Sí, pero soy muy desafinado. ¿Lo soportarías?
—Tienes una voz hermosa, me encantaría escucharte aunque desentones.
La pareja compartía palabras dulces, ignorando por completo el entorno.
El chofer y el guardaespaldas en los asientos delanteros mantenían una expresión seria, pero en el fondo querían esconderse debajo del auto.
De repente, el chofer pisó el freno bruscamente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....