Alejandro notó que Ariadna seguía un poco sucia y despeinada tras el altercado.
—Tía, ¿por qué no suben a la habitación para que Ariadna pueda cambiarse de ropa? —sugirió.
Carmen asintió, agradecida.
El director Cruz se acercó de inmediato, con la intención de escoltarlas personalmente hasta el ascensor.
—Vuelvan a sus puestos —ordenó Alejandro con voz neutra.
Sin atreverse a replicar, el director Cruz reunió a los demás ejecutivos y se retiró del lugar a paso rápido.
Elena, que había estado respondiendo correos del trabajo en su habitación, se enteró de lo que le había ocurrido a su pequeña sobrina y corrió de inmediato a verlas.
Ariadna ya se había puesto un vestido limpio y llevaba el cabello nuevamente recogido. Estaba sentada en la cama, entretenida armando un rompecabezas.
Carmen le relató a Elena cada detalle del incidente.
Al escucharlo, la indignación asomó al rostro de Elena.
—Ese niño malcriado cruzó la línea.
—No te preocupes —la tranquilizó Carmen—. Alejandro ya nos defendió y le dio una buena lección. Dejemos que el asunto muera ahí.
En ese momento, el timbre de la habitación sonó.
Carmen abrió la puerta y se encontró con un camarero empujando un elegante carrito de servicio, repleto de frutas frescas y pequeños postres gourmet.
—Nosotros no pedimos nada de esto, creo que se equivocó de habitación —dijo Carmen, confundida.
—No es un error, señora —respondió el empleado amablemente—. El subdirector Ruiz me pidió que se los trajera. Me pidió que les transmitiera sus más sinceras disculpas.
Carmen asintió con un suspiro.
—Entendido. Por favor, dígale de mi parte que el asunto ya está olvidado.
El camarero ingresó el carrito, hizo una reverencia y se marchó.
Carmen le indicó a Ariadna que se lavara las manos y luego le sirvió una porción de fruta y un pastelito.
Siendo solo una niña, la perspectiva de comer algo dulce borró cualquier rastro de tristeza de su rostro en cuestión de segundos.
Esa noche, Elena cenó con su familia en el lujoso restaurante del hotel.
Mientras Ariadna intentaba abrir una lata de refresco, esta se resbaló de sus manos, salpicando el contenido directamente sobre la ropa de Elena y Alejandro, que estaban sentados frente a ella.
Alejandro fue el primero en reaccionar. Rápidamente, tomó unas servilletas y limpió la ropa de Elena con cuidado, y solo después se preocupó por secarse a sí mismo.
Ariadna bajó la mirada, avergonzada.
Cuando vio que había publicado fotos de un viaje familiar a un hotel de lujo, la bilis le subió a la garganta y amplió las imágenes una y otra vez.
En una de las fotos grupales, Elena había tapado los rostros de todos con emojis.
Pero la figura del hombre que estaba de pie junto a ella le resultaba dolorosamente familiar.
Sospechaba que era Alejandro, pero de inmediato descartaba la idea. Un hombre con el estatus de Alejandro jamás tomaría a Elena en serio, y mucho menos perdería su valioso tiempo conviviendo con la familia de ella.
Llevado por la desesperación, Diego rastreó el perfil de Carmen y encontró su última publicación.
Allí estaba la foto grupal, sin ningún tipo de censura.
Y el hombre al lado de Elena era, sin lugar a dudas, Alejandro.
Sintió como si le hubieran llenado el pecho de cristales rotos. Un dolor agudo y asfixiante se apoderó de él, robándole el aliento.
Dejó el teléfono sobre el escritorio, incapaz de calmar la tormenta que arrasaba su mente.
Su asistente llamó a la puerta un par de veces, y al no recibir respuesta, entró con cautela.
—Director Romero, necesito su firma en estos dos contratos...
La mente de Diego seguía torturándolo con la imagen de Elena y Alejandro sonriendo juntos. En un arranque de furia incontrolable, barrió el escritorio con el brazo, enviando papeles, bolígrafos y su taza de café al suelo. Sus ojos estaban inyectados en una mezcla tóxica de ira y resentimiento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....