El asistente dio un respingo, petrificado ante el arranque de furia de su jefe.
Diego tardó unos segundos en recuperar la compostura. Se ajustó la corbata y adoptó su habitual expresión fría.
—Tráeme los documentos.
El asistente se agachó para recoger los papeles, notando que estaban empapados.
—Director Romero, los contratos se han manchado de café. Iré a imprimir un par de copias nuevas.
Diego se limitó a emitir un gruñido afirmativo.
En cuanto terminó su jornada laboral, condujo directamente hacia el local de estética de Carmen.
Ariadna estaba sentada en una mesa pequeña, concentrada en sus tareas escolares. Al verlo entrar, su expresión se tornó cautelosa. Atrás habían quedado los días en los que lo saludaba con cariño; ahora lo miraba con frialdad.
—¿A qué viniste?
A Diego le dolió la hostilidad en su tono, pero forzó una sonrisa paciente.
—Ariadna, Elena los llevó de paseo este fin de semana, ¿verdad? ¿Fueron con Alejandro?
Ariadna frunció el ceño, molesta.
—Eso no te importa.
Esa actitud le revolvió el estómago.
En el pasado, él había tratado bien a la familia Navarro. Incluso si había engañado a Elena, sentía que ellos todavía le debían cierta gratitud por los beneficios económicos que les había otorgado.
Al escuchar el intercambio, Carmen salió de la trastienda. Su rostro se endureció al verlo.
—¿Qué demonios haces aquí?
Diego intentó contener su irritación al ver que Carmen también lo trataba como basura.
Apretó los dientes y soltó la pregunta que lo carcomía por dentro.
—Me enteré de que pasaron el fin de semana con Alejandro. ¿Qué pasa, acaso Elena realmente cree que él se va a casar con ella?
Carmen soltó una carcajada cargada de sarcasmo.

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