Elena sacó su computadora, abrió el programa de seguridad y dijo con voz serena:
—Claro que no es por algo tan insignificante. Te denuncié porque robaste información confidencial de mi computadora.
Héctor, al ser investigador, detestaba profundamente a ese tipo de ladrones intelectuales. Miró a Diana con evidente desprecio.
A Diana no le importaban las acusaciones de Elena, pero la mirada de Héctor la destruyó por dentro.
Ser tildada de ladrona frente al hombre que le gustaba era la peor de las humillaciones.
Miró a Elena con odio.
—¡No me levantes falsos! ¡Yo no toqué tus cosas!
Héctor la miró con hielo en la mirada:
—Yo mismo le instalé el programa a Elena. La dirección IP que aparece ahí no miente.
Diana se mordió el labio. Si Elena hubiera estado sola, se habría defendido a los gritos.
Pero estando Héctor presente, por mucha furia que sintiera, quería intentar salvar su imagen frente a él.
Apretó los dientes y argumentó:
—Esa dirección IP no prueba nada. Quizá tenga un carácter fuerte, pero no ando cometiendo delitos. Además, ¿para qué querría yo tus archivos? No tengo trabajo, no me servirían de nada.
Al ver que seguía negándolo, Elena respondió:
—Tu motivo no me interesa. Pero estas pruebas demuestran que robaste mis documentos. Vas a tener que asumir tu responsabilidad legal.
Diana se infló de rabia:
—¡Soy la prima de Alejandro! Si me denuncias, ¿no te da miedo que él se enoje contigo?
—Alejandro me va a apoyar —afirmó Elena con seguridad.
Eso solo enfureció más a Diana.
En el fondo, sabía muy bien que Alejandro era una persona que separaba lo personal de lo profesional y jamás la defendería en algo así.
—¿Cuánto tiempo llevas en Ciudad del Río y ya te metieron a la cárcel dos veces? Te mandé a vigilar a Alejandro y a Elena. ¿Acaso has hecho algo bien?
—Tía, ¡Elena me echó la culpa de algo que no hice y me metieron presa! No tengo cómo salir. ¡Por favor, ayúdame! —lloriqueó Diana.
A pesar del regaño, la señora Vargas contrató a un abogado para sacarla bajo fianza.
Diana estuvo más de tres horas detenida hasta que el abogado logró su liberación y pudo regresar a casa.
Alejandro se enteró de lo sucedido y la llamó por teléfono.
—¿Hackeaste la computadora de Elena y le robaste información? Diana, ¿acaso no tienes cerebro?
Diana ya estaba de un humor terrible, y los gritos de su primo solo la hundieron más.
—¡Alejandro! ¿Por qué le crees todo a ella? ¡Incluso si me metí a su computadora, no le causé ningún daño grave! Y en vez de arreglarlo, me denunció y dice que me va a demandar. ¡Soy tu prima! Y ni siquiera por respeto a ti tuvo consideración. ¿Crees que de verdad te ama? ¡Es una hipócrita!
Viendo lo irracional que estaba, Alejandro respondió con frialdad:
—Diana, en este asunto, yo respaldo a Elena. Si no eres capaz de pedirle disculpas y reparar el daño, yo mismo la apoyaré en su demanda legal contra ti.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....