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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 636

Diana estalló en desesperación.

—Alejandro, ¿te volviste loco? ¿Vas a tratarme así por esa mujer? ¡Soy tu familia!

Alejandro simplemente le cortó la llamada.

Diana se quedó temblando de rabia y de miedo.

Conocía a Alejandro mejor que nadie; si él prometía algo, lo cumplía.

Pero pedirle disculpas a Elena... simplemente era incapaz de rebajarse tanto.

Ella era la señorita Carmona, y Elena no era más que una trepadora que usaba su cuerpo para escalar socialmente. ¡No merecía sus disculpas!

***

Al regresar de la comisaría, Elena le contó lo sucedido al profesor Álvarez.

Fernando asintió.

—Haz lo que consideres correcto. Aunque sea la señorita Carmona, atentó contra los intereses del laboratorio y hay pruebas contundentes. Debe asumir las consecuencias legales. Nuestro equipo no tolera ese tipo de abusos, llegaremos hasta las últimas consecuencias.

Con el apoyo del profesor, Elena se sintió aliviada y decidida a continuar con la demanda contra Diana.

Habló un rato con el abogado Cortés y luego se metió a bañar.

Cuando salió del baño, Alejandro ya estaba en casa.

Apenas iba a mencionarle el incidente, cuando él se adelantó:

—A Diana la consintieron demasiado. Se la pasa metiéndose en problemas, y esta vez cruzó una línea legal. Haz lo que tengas que hacer; que esto le sirva de lección.

Elena sonrió.

—Está bien, así lo haré.

Sabía en el fondo que Alejandro siempre la apoyaría.

—Aun así, mi tío y mi madre la consienten demasiado —añadió él—. Me preocupa que vengan a Ciudad del Río a fastididiate. Si te buscan, tienes todo el derecho de no recibirlos. Ya le avisé a Bruno para que no se separe de ti ni un segundo.

A estas alturas, la idea de enfrentar a la familia Vargas ya no le causaba tanta ansiedad como antes.

—Estaré bien, puedo manejarlo.

—¿Te vas a cambiar de trabajo?

—Si no veo crecimiento aquí, ten por seguro que me voy.

Al escuchar todo eso, Elena ató cabos y pensó en Diana.

Lo más probable era que Natalia fuera la persona que le había instalado el software de virtualización a Diana en su computadora.

Elena regresó a la oficina, fue directo a la computadora de Natalia, saltó la contraseña y revisó sus archivos. Tal como lo sospechaba, ahí estaba el archivo de instalación del programa espía.

Su rostro se endureció.

Natalia era parte del proyecto; sabía perfectamente las graves consecuencias de filtrar información confidencial, y aun así lo hizo.

Ya no tenía lugar en ese equipo.

—¡Elena! ¿Qué demonios estás haciendo?

Natalia regresó de la sala de descanso y, al verla en su lugar, corrió furiosa para empujarla.

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