Elena retrocedió un paso, esquivando el manotazo.
—Natalia, fuiste tú quien instaló este software de virtualización en mi equipo, ¿cierto? Tú y Diana están trabajando juntas.
Natalia palideció por un segundo, pero rápidamente recuperó la compostura.
Se hizo la desentendida.
—No tengo idea de qué me estás hablando.
Al ver su actitud cínica, Elena soltó una risa sarcástica:
—Anoche fui a la policía y hablé con mi abogado. Voy a demandar a Diana por robar información confidencial de mi computadora. Si crees que ella te va a proteger, eres muy ingenua. Renuncia ahora mismo y discúlpate. Si lo haces, por los viejos tiempos, te dejaré irte con algo de dignidad.
Natalia apretó los dientes.
Disculparse equivalía a confesar que era cómplice de Diana.
Una mancha así en su currículum significaría el fin de su carrera en la investigación.
Los demás compañeros, atónitos ante la revelación, empezaron a murmurar entre ellos.
Santiago ya sabía de la denuncia, pues Elena se lo había comentado la noche anterior.
Sin poder creer la traición de Natalia, habló con dureza:
—Natalia, ¿cómo pudiste hacer algo tan bajo que no solo nos perjudica a todos, sino a ti misma? Me has decepcionado muchísimo.
Él sabía que Natalia solía ser chismosa y envidiaba a Elena, pero creía que, en el fondo, no era mala persona y se tomaba su trabajo en serio. Con el tiempo, podría haber ocupado un puesto importante en el laboratorio.
Pero cometer un acto de espionaje industrial simplemente había destruido su futuro por completo.
Natalia siempre había sentido algo por Santiago.
En un principio, Elena no le caía mal, pero escuchar a Santiago alabarla todo el tiempo frente a los demás hizo que la envidia se transformara en resentimiento.
No se consideraba menos talentosa que Elena; pensaba que el éxito de ella se debía a su habilidad para relacionarse con gente poderosa y robarle las oportunidades a los demás.
Pero al escuchar a Santiago decir que lo había decepcionado, los ojos se le llenaron de lágrimas.

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