Esa tarde, mientras volvía a casa, Elena recibió una llamada de Salvador.
—Señorita Navarro, ¿podríamos conversar un momento?
Hablaba con tal cortesía que ella accedió de inmediato.
—Está bien.
Salvador había reservado un cuarto privado en uno de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad, demostrando su total disposición de arreglar las cosas.
Cuando Elena llegó, encontró a Salvador con una gran sonrisa y a Diana con cara de pocos amigos.
Salvador la saludó con entusiasmo y le lanzó una mirada fulminante a su hija.
Diana se hizo la desentendida.
Él suspiró con pesadez, le sirvió un poco de té a su hija y sentenció:
—Pídele perdón a la señorita Navarro.
Diana seguía paralizada en su lugar.
Salvador se inclinó y le murmuró al oído:
—¿Olvidaste nuestro trato? ¿Acaso prefieres ir a la cárcel?
Sin más remedio, Diana se puso de pie, sostuvo la taza de té con ambas manos y musitó:
—Elena, cometí un error estúpido. Ya reflexioné sobre lo que hice, espero que puedas perdonarme.
Elena mantuvo una expresión indiferente, como si no hubiera escuchado nada.
Al ver que Elena no decía nada, Diana miró a su padre, llena de ansiedad.
Salvador intervino rápidamente:
—Elena, sé que Diana le causó un gran problema al laboratorio y de verdad queremos compensarlo. ¿Qué te parece si invierto veinte millones en su proyecto como muestra de arrepentimiento?
Elena se quedó jugando con su taza de té, sin mostrar ninguna emoción.
Al ver que no reaccionaba, Salvador elevó la oferta:
—¿Cuarenta millones?
Elena sonrió ligeramente.
—Director Carmona, valoro su disposición. Pero invertir en mi proyecto es una ganancia segura para ustedes. Quizá el profesor Álvarez acepte las disculpas, pero, a nivel personal, no puedo perdonar a su hija.
—Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó Salvador.
Elena lo pensó un instante y respondió:
—Si la señorita Carmona está dispuesta a hacer trabajo comunitario en el Hogar Infantil Ciudad del Río durante un mes, consideraré retirar los cargos.

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