En ese mismo instante, Sofía y la anciana Vargas volaban en su propio jet privado hacia el País Y para asistir a la boda.
—Abuela —preguntó Sofía—, si mamá se entera que Alejandro y Elena ya firmaron los papeles y encima se van a casar, seguro le da un ataque, ¿no crees?
La anciana Vargas rodó los ojos.
—Se lo tiene bien merecido. Tu hermano nunca puede hacer nada sin que ella se oponga. Se la pasa contagiándole su amargura. Parece un fantasma desesperado por arrastrarlo al infierno con ella. Con una madre así, mejor estar huérfano.
Sofía soltó un suspiro.
Ojalá su madre pudiera cambiar su actitud.
La anciana Vargas sacó una lista de regalos y empezó a revisarla.
—Sofía, ayúdame a revisar esto. Cuando lleguemos al País Y, la familia de Elena también estará allí. Al no haber hecho la pedida de mano formal y saltar directo a la boda, nos saltamos un paso importante. Tenemos que disculparnos apropiadamente con ellos. Checa si falta algo en la lista; si es así, mandaré a comprarlo de inmediato.
Sofía sonrió.
—Abuela, Elena es tan dulce y educada; su familia debe ser igual de buena. No te agobies, seguro van a entender lo desesperado que estaba Alejandro por casarse con ella.
—Ojalá —asintió la anciana—. Pero de todos modos, hay que mostrar respeto. Criaron a una chica excepcional y eso debió costarles mucho esfuerzo. Que Alejandro se case con ella es una bendición enorme para él y para nuestra familia.
Elena y Alejandro llegaron al hotel donde tenían las reservaciones.
Bianca y Dante ya estaban ahí, ayudando a coordinar todos los pormenores de la celebración.
Aunque iba a ser una ceremonia íntima, Bianca estaba decidida a que todo saliera perfecto.
Tras descansar un par de horas, Elena fue a la habitación a probarse el maquillaje.
Bianca le llevó unas cuatro o cinco opciones de joyería para que eligiera.
Al ver cómo se desvivía por ella, Elena le dijo con el corazón en la mano:
—Señora Bianca, muchas gracias por todo.

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