A pesar de los regaños, Hugo sentía un extraño placer.
Era la primera vez que Bianca le dirigía tantas palabras en años. La emoción le humedeció los ojos.
Por su parte, Eulalia se sentía flotar en las nubes, embriagada de arrogancia.
Cuando esa fiesta terminara, ella sería el centro del universo, la joven dama que todos envidiarían.
Con esas acciones a su nombre, nunca más tendría que mendigar un centavo. Sería dueña de su destino y podría aplastar a cualquiera que se atreviera a mirarla mal.
Esa misma noche, aceptó una invitación de Valentín Echeverría para ir a un bar exclusivo.
Después de beber más de la cuenta, decidieron salir a correr carreras en los autos deportivos.
Sintiendo el viento nocturno en su rostro, Eulalia pensó que su vida era una carretera despejada hacia el éxito.
Y aunque todo lo que tenía era robado de la verdadera vida de Elena, no sentía ni una pizca de remordimiento.
Si Elena no había podido recuperar a sus padres biológicos, era culpa de su propia mediocridad. Los fracasados merecían pudrirse en el barro.
De pronto, un sonido estridente la sacó de sus pensamientos. El auto de Valentín se había estrellado de lleno contra un puesto callejero.
Un anciano que atendía el puesto salió despedido y cayó al asfalto, quejándose de dolor.
Valentín ni siquiera se bajó. Sacó un fajo de billetes de la guantera, lo arrojó por la ventana y pisó el acelerador, perdiéndose en la noche.
—¿No crees que la policía nos busque? —preguntó Eulalia, entre risas nerviosas.
Valentín soltó una carcajada arrogante.
—¿Por romperle unos peroles a un viejo? Por favor, ¡el dinero lo arregla todo!
Al ver la confianza descarada del joven heredero, Eulalia sonrió.
Antes solía mirar con envidia a esos niños ricos que hacían lo que querían sin enfrentar consecuencias.
Ahora, ella pertenecía a ese club.
Un escalofrío de pura excitación le recorrió la espalda. Era como haber nacido de nuevo.
A la mañana siguiente, despertó a las diez y media de la mañana.
Su teléfono sonaba insistentemente. Era la policía.
Le informaron que la noche anterior, ella y Valentín habían sido captados por las cámaras de seguridad huyendo tras atropellar a un hombre, quien ahora estaba hospitalizado con múltiples fracturas. Debían presentarse a declarar.
Un ligero pánico se apoderó de ella, así que llamó a Valentín.
—Tranquila, no pasa nada —la calmó él entre risas—. Ya me ha pasado antes. Mi viejo se encarga de pagar y listo.

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