El hombre, que ya estaba cansado de discutir con Diana, escuchó las palabras de Elena y se burló.
—¡Pues repórtame si quieres! Que yo pueda tener este perro aquí demuestra que, con mi dinero y posición, nadie puede tocarme.
El rostro de Elena se volvió de hielo.
Diana saltó a defenderla, furiosa.
—¿Nadie puede tocarte? ¿Tan importante te crees? ¡Dinos quién eres para ver si nos asustamos!
El hombre alardeó diciendo que era pariente del dueño de una gigantesca empresa inmobiliaria de la ciudad y que además era el vicepresidente de dicha compañía.
Diana estalló en carcajadas.
—¡Mucho ruido y pocas nueces! Solo eres un simple vicepresidente de segunda y te crees el dueño del mundo.
Se giró hacia Elena.
—Dile a Alejandro que se encargue. Te aseguro que este tipo no durará en su puesto ni un día más.
Elena respondió con voz tranquila.
—Primero llamaremos a la administración. Ellos deben saber que este hombre tiene un perro de raza peligrosa en el área residencial. También tienen que asumir su parte de la culpa.
Sin perder el tiempo, llamó al gerente de la propiedad.
El gerente llegó en cuestión de minutos.
Al verlo, la pareja no cambió su actitud altanera.
Normalmente, el gerente siempre los trataba con sumo respeto, pero esta vez los ignoró por completo y se dirigió a Elena con una profunda reverencia.
—Mis disculpas, señorita Navarro. Ha sido negligencia nuestra. Lamento mucho el susto que ha pasado.
Elena lo miró fijamente.
—¿La administración no sabía que tienen un Pitbull?
El gerente suspiró, sintiéndose atrapado.
Ya les habían advertido en el pasado, pero Aurelio y su esposa no hicieron caso, asegurando que tenían al animal bajo control.
Como nunca había ocurrido ningún accidente, lo dejaron pasar. ¿Quién iba a imaginar que el perro escaparía justo hoy y atacaría a la mascota de Elena?

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