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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 66

El rubio asintió y le arrancó la cinta de la boca a Elena. La recorrió de arriba abajo y soltó un silbido, claramente impresionado.

—Vaya joya. Bien, con esto tu deuda de juego queda saldada.

El rubio estaba a punto de arrastrar a Elena hacia una camioneta, pero ella habló de repente, con voz muy calmada:

—Puedo darles mucho más dinero del que él les debe.

Hacía rato que había entendido por qué la habían secuestrado. Si solo querían dinero, aún tenía oportunidad de salvarse.

El hombre que la había secuestrado originalmente se puso tenso y le dijo al rubio:

—No se dejen engañar por ella, ¿de dónde va a sacar dinero?

El rubio miró a Elena con desconfianza.

Elena sabía que, en esos momentos, no podía mostrarse acobardada. Adoptó una actitud altiva y arrogante.

—Yo no lo tengo, pero mi esposo sí. Solo déjenme hacer una llamada y él les transferirá el dinero de inmediato.

Los hombres intercambiaron una mirada. Uno de ellos sacó un celular y dijo:

—Llama. Si tu marido transfiere cinco millones, te dejamos ir.

Aunque el miedo le humedecía las manos, Elena tomó el teléfono sin dejar que el pánico se le notara en la cara.

Marcó el número de Diego.

La primera vez, Diego no contestó.

Elena apretó el aparato con fuerza y volvió a marcar.

Por fin, alguien respondió.

Del otro lado de la línea, se escuchó la voz perezosa de Adriana:

—¿Bueno? ¿Quién habla?

Elena tragó saliva y dijo con claridad:

—Pásame a Diego.

Adriana dejó escapar una risa suave, cargada de una crueldad tan evidente que Elena comprendió que sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

—Diego se está bañando. ¿Por qué no le marcas al rato?

Elena se quedó petrificada.

La desesperación le subió hasta la garganta y por un momento estuvo a punto de quebrarse. Aun así, el instinto de sobrevivir la sostuvo y la obligó a seguir hablando.

—Adriana, pásame a Diego. —Su tono se volvió más severo, casi una advertencia.

Adriana casi se deja intimidar por su voz, pero rápidamente recuperó su tono despreocupado.

—¿Cuánto necesita?

—Cinco millones.

Elena creyó que él dudaría, pero el hombre accedió sin pensarlo dos veces:

—Páseme el número de cuenta.

Elena miró al rubio:

—El número de cuenta.

El rubio no podía creer que alguien de verdad estuviera dispuesto a pagar cinco millones de rescate. Le dictó los números.

Al escuchar la cuenta, Alejandro dijo:

—Haré que el banco apruebe una transferencia urgente de inmediato.

En menos de diez minutos, el rubio recibió el dinero.

Miró el hermoso rostro de la mujer y sintió que era una lástima dejarla ir así como así. No pudo resistir la tentación y estiró la mano para acariciarle la mejilla y darse el gusto.

Elena esquivó el toque y le advirtió con firmeza:

—¿Crees que alguien capaz de hacer que el banco apruebe una transferencia de urgencia en tan poco tiempo es una persona común y corriente?

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