El rubio retiró la mano, algo avergonzado.
Al mismo tiempo, la valentía de Elena le causó cierta impresión, casi de respeto. Hizo una seña y les ordenó a sus hombres que la llevaran de regreso a la ciudad.
El hombre que la había secuestrado en un principio se puso a sudar frío. Temía que ella tomara represalias después. Quiso subir a la camioneta para amenazar a Elena y obligarla a no decir nada, pero el rubio lo agarró del cuello de la camisa.
—La señorita aquí presente tuvo con qué pagar su propio rescate, ¡pero tú sigues debiéndonos la lana de tus apuestas! ¡Tú no te vas a ningún lado!
El tipo entró en pánico.
—¡Yo... yo puedo conseguir más dinero! ¡Denme chance!
El rubio, asqueado por lo cobarde que era, le dio un par de palmadas en la cara.
—Te doy veinticuatro horas. Si no me pagas para entonces, te rompo las piernas y los brazos.
El hombre cayó al suelo, hecho un mar de nervios.
Elena subió al vehículo. Todavía sentía el pulso desbocado, pero al ver que por fin tomaban el camino de regreso a la ciudad empezó a serenarse.
Cuando llegaron cerca de un centro comercial no muy lejos de su casa, Elena les pidió que la dejaran ahí. No quería que esos delincuentes supieran dónde vivía.
El rubio abrió la puerta con una sonrisa.
—Seguro ya no quieres volver a vernos la cara. Tranquila, nosotros respetamos las reglas. Ya pagaste, así que no te volveremos a molestar.
Elena bajó de prisa. Solo cuando reconoció las calles de la ciudad logró aflojar un poco la tensión que la tenía al borde del colapso.
De repente, las luces de un coche la deslumbraron.
Elena cerró los ojos por inercia.
Al abrirlos, vio la silueta de un hombre caminando hacia ella a contraluz.
Era Diego.
La preocupación le había borrado toda compostura del rostro.
Elena se sorprendió. No esperaba verlo ahí.
Diego la miró de arriba abajo y soltó un suspiro de alivio al ver que estaba bien.
—Menos mal que estás bien.
Esa noche, él había recibido una llamada de su abuela diciendo que Elena había desaparecido. Angustiado, mandó a todos los escoltas de la familia a buscarla en sus coches, mientras él mismo dejaba de lado su trabajo y manejaba a toda velocidad hacia el balneario.
Poco después, uno de los guardaespaldas le informó que la habían localizado por la zona, y Diego no dudó en ir directamente hacia allá.

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