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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 689

Elena colgó el teléfono.

Por la noche, cuando Alejandro llegó a casa, no mencionó el asunto de Diana.

Elena tampoco quiso hablar de ello, así que prefirió fingir que no sabía que Diana estaba detenida.

Al mediodía del día siguiente, al salir a comer, vio el auto de Eulalia estacionado frente a su trabajo.

Al verla, Eulalia bajó del vehículo.

Elena la miró extrañada, pues llevaba una gasa en la nariz.

Eulalia se le acercó furiosa:

—¡Elena Navarro! ¿Tú le dijiste a esa idiota de tu asistente que me golpeara?

Ella estaba bebiendo tranquilamente en el bar cuando esa loca se le acercó de la nada y le estrelló una botella en la nariz.

El golpe había sido tan fuerte que luego tendría que someterse a una cirugía reconstructiva, lo cual la tenía furiosa.

Por suerte, cuando Hugo se enteró, contrató a un equipo de abogados para demandar a esa mujer, que seguía encerrada en la comisaría.

Recién ese día se había enterado de que la agresora trabajaba en el laboratorio de Fernando y era asistente de Elena.

Entonces, ¿Elena la había mandado a golpearla?

Al principio Elena no entendió a qué se refería, pero enseguida ató cabos:

—¿La persona a la que Diana golpeó fuiste tú?

Eulalia estaba tan enojada que ni siquiera se había molestado en investigar quién era Diana; pensó que solo era una asistente cualquiera, así que habló con gran arrogancia:

—Elena, ya que te atreviste a mandar a tu asistente a golpearme, haré que se pudra en la cárcel por años. ¡Tú vas a ser la culpable de arruinarle la vida!

Elena no entendía por qué Diana habría golpeado a Eulalia sin motivo.

Ignoró las amenazas de Eulalia y se dirigió directamente a la comisaría a buscar a Diana.

Tras tres días en la celda, Diana se veía agotada y demacrada.

Antes, cuando perdía los estribos, también hacía estupideces, pero como en Ciudad del Norte contaba con la protección de la familia Vargas y la familia Carmona, nadie se atrevía a tocarla.

Jamás imaginó que, al venir a Ciudad del Río, terminaría tras las rejas a cada rato.

Y esta vez era peor: ni siquiera el abogado que contrató su padre había podido sacarla.

Estaba a punto de volverse loca.

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