Elena colgó el teléfono.
Por la noche, cuando Alejandro llegó a casa, no mencionó el asunto de Diana.
Elena tampoco quiso hablar de ello, así que prefirió fingir que no sabía que Diana estaba detenida.
Al mediodía del día siguiente, al salir a comer, vio el auto de Eulalia estacionado frente a su trabajo.
Al verla, Eulalia bajó del vehículo.
Elena la miró extrañada, pues llevaba una gasa en la nariz.
Eulalia se le acercó furiosa:
—¡Elena Navarro! ¿Tú le dijiste a esa idiota de tu asistente que me golpeara?
Ella estaba bebiendo tranquilamente en el bar cuando esa loca se le acercó de la nada y le estrelló una botella en la nariz.
El golpe había sido tan fuerte que luego tendría que someterse a una cirugía reconstructiva, lo cual la tenía furiosa.
Por suerte, cuando Hugo se enteró, contrató a un equipo de abogados para demandar a esa mujer, que seguía encerrada en la comisaría.
Recién ese día se había enterado de que la agresora trabajaba en el laboratorio de Fernando y era asistente de Elena.
Entonces, ¿Elena la había mandado a golpearla?
Al principio Elena no entendió a qué se refería, pero enseguida ató cabos:
—¿La persona a la que Diana golpeó fuiste tú?
Eulalia estaba tan enojada que ni siquiera se había molestado en investigar quién era Diana; pensó que solo era una asistente cualquiera, así que habló con gran arrogancia:
—Elena, ya que te atreviste a mandar a tu asistente a golpearme, haré que se pudra en la cárcel por años. ¡Tú vas a ser la culpable de arruinarle la vida!
Elena no entendía por qué Diana habría golpeado a Eulalia sin motivo.
Ignoró las amenazas de Eulalia y se dirigió directamente a la comisaría a buscar a Diana.
Tras tres días en la celda, Diana se veía agotada y demacrada.
Antes, cuando perdía los estribos, también hacía estupideces, pero como en Ciudad del Norte contaba con la protección de la familia Vargas y la familia Carmona, nadie se atrevía a tocarla.
Jamás imaginó que, al venir a Ciudad del Río, terminaría tras las rejas a cada rato.
Y esta vez era peor: ni siquiera el abogado que contrató su padre había podido sacarla.
Estaba a punto de volverse loca.
¡Si Eulalia también le había dado una patada en las costillas y todavía le dolía! A lo mucho, fue una pelea mutua, no una agresión unilateral. ¿Por qué solo la habían encerrado a ella?
Elena escuchó toda la confusa historia en silencio.
Aunque Diana podía ser un poco imprudente, se había peleado para defenderla. No podía simplemente lavarse las manos.
Diana, consciente de que a Elena no le gustaban sus arranques violentos, se disculpó con sinceridad:
—Lo siento, Elena. Fui impulsiva, te juro que no volverá a pasar.
Elena se frotó la frente con los dedos antes de preguntar:
—¿Estás herida?
Diana asintió:
—Ella me pateó.
Elena se levantó.
Por instinto, Diana la tomó del brazo y le suplicó en voz baja:
—Elena, por favor, ayúdame.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....