Elena fue directo al grano:
—Anoche un amigo me prestó cinco millones para poder salvarme. Necesito pagar esa deuda. ¿Me los puedes dar?
A Diego lo invadió la culpa.
—Claro. Ahorita te los transfiero.
Al ver que aceptaba sin poner objeciones, Elena comprendió que ya no tenía nada más que decirle.
—Tengo cosas que hacer. Te cuelgo.
Diego, notando lo fría que seguía siendo con él, se apresuró a decir:
—Elena, seguro no pudieron disfrutar bien el viaje al balneario. ¿Qué te parece si el próximo fin de semana llevamos a la abuela, a tu tía y a tu prima a otro lado?
Pero a Elena ya no le interesaba pasar tiempo con él.
—No, gracias. Mi abuela se llevó un buen susto y dudo que tenga ganas de salir.
Diego quiso insistir, pero las palabras se le quedaron atoradas. Segundos después, se dio cuenta de que ella ya le había colgado.
Se quedó sentado en el sillón, con el celular en la mano, invadido por una sensación amarga que no lograba sacudirse. Por primera vez, Diego sintió con claridad que Elena se le estaba yendo de las manos y que quizá ya no habría forma de traerla de vuelta.
Adriana se acercó con un plato de fresas y se sentó a su lado con una sonrisa dulce.
—Diego, cómete una fresa.
Diego volteó a ver a Adriana en silencio. No tomó la fruta que ella le ofrecía.
La mirada de él la asustó un poco y preguntó, haciéndose la ofendida:
—Diego, ¿qué tienes?
El rostro de Diego se endureció.
—Que sea la última vez, Adriana. No vuelvas a meterte en algo así.
Adriana dio un respingo, pero rápidamente volvió a su tono meloso:
—Diego, ya te dije que todo fue un malentendido. ¿Por qué no me crees?
Al ver que él seguía con cara de pocos amigos, recurrió a su viejo truco: se tocó el vientre y dijo que se sentía mal.
A fin de cuentas, a Diego le importaba el bebé. Su expresión se suavizó un poco y le sirvió un vaso de agua al tiempo que decía:

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