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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 69

Elena fue directo al grano:

—Anoche un amigo me prestó cinco millones para poder salvarme. Necesito pagar esa deuda. ¿Me los puedes dar?

A Diego lo invadió la culpa.

—Claro. Ahorita te los transfiero.

Al ver que aceptaba sin poner objeciones, Elena comprendió que ya no tenía nada más que decirle.

—Tengo cosas que hacer. Te cuelgo.

Diego, notando lo fría que seguía siendo con él, se apresuró a decir:

—Elena, seguro no pudieron disfrutar bien el viaje al balneario. ¿Qué te parece si el próximo fin de semana llevamos a la abuela, a tu tía y a tu prima a otro lado?

Pero a Elena ya no le interesaba pasar tiempo con él.

—No, gracias. Mi abuela se llevó un buen susto y dudo que tenga ganas de salir.

Diego quiso insistir, pero las palabras se le quedaron atoradas. Segundos después, se dio cuenta de que ella ya le había colgado.

Se quedó sentado en el sillón, con el celular en la mano, invadido por una sensación amarga que no lograba sacudirse. Por primera vez, Diego sintió con claridad que Elena se le estaba yendo de las manos y que quizá ya no habría forma de traerla de vuelta.

Adriana se acercó con un plato de fresas y se sentó a su lado con una sonrisa dulce.

—Diego, cómete una fresa.

Diego volteó a ver a Adriana en silencio. No tomó la fruta que ella le ofrecía.

La mirada de él la asustó un poco y preguntó, haciéndose la ofendida:

—Diego, ¿qué tienes?

El rostro de Diego se endureció.

—Que sea la última vez, Adriana. No vuelvas a meterte en algo así.

Adriana dio un respingo, pero rápidamente volvió a su tono meloso:

—Diego, ya te dije que todo fue un malentendido. ¿Por qué no me crees?

Al ver que él seguía con cara de pocos amigos, recurrió a su viejo truco: se tocó el vientre y dijo que se sentía mal.

A fin de cuentas, a Diego le importaba el bebé. Su expresión se suavizó un poco y le sirvió un vaso de agua al tiempo que decía:

—¿Vas a salir a comer con Elena? ¿Es una cita?

Alejandro solo sonrió sin responder.

La abuela estaba más emocionada que él y empezó a darle consejos:

—Como no tienes experiencia en esto, hazle caso a tu abuela. A las mujeres les encantan las flores. No se te vaya a olvidar comprar un buen ramo antes de irte.

A Alejandro le empezó a doler la cabeza de tanto escucharla. No entendía por qué a su abuela le agradaba tanto la señorita Navarro.

De todas formas, él siempre tomaba sus propias decisiones. Por más que a su abuela le gustara Elena, él no iba a lanzarse a pedirle que estuvieran juntos así como así. Si la había ayudado, era únicamente porque ella le había salvado la vida a su abuela.

Bueno, tal vez también tenía cierto interés personal. Pero no le veía nada de malo a eso.

La anciana Vargas siguió dándole sermones. Al ver que él no decía nada, se molestó un poco.

—¿La tratas así de cortante porque es divorciada? ¡A nuestra familia no le importan esas cosas!

La propia abuela Vargas se había divorciado tres veces antes de casarse con el abuelo Vargas.

En las familias adineradas, las alianzas entre familias solían ser por conveniencia. La abuela había sufrido por eso en su juventud, así que, en su cuarto matrimonio, decidió casarse por amor. Aunque el abuelo Vargas era un hombre muy serio y sin gracia, era un hombre honesto, y ella estaba muy feliz con su matrimonio.

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