Si la memoria no le fallaba, el director Santini estaba casado y tenía un hijo.
La joven que lo acompañaba era Lía Campos, una pasante del departamento de investigación.
En una reunión anterior, Lía le había ayudado a imprimir unos documentos y le había servido agua.
Elena había estado dándole vueltas a cómo conseguir que el director Santini le permitiera revisar las cuentas del Grupo Romero, y ahora la oportunidad perfecta le había caído del cielo.
Sacó su celular y grabó discretamente a la pareja.
Diana le preguntó:
—Elena, ¿qué estás grabando?
Elena guardó el celular y respondió en voz baja:
—Nada importante. Si ya terminaste, nos vamos.
Diana no pudo evitar preguntar:
—Elena, ¿de verdad crees que no pasaré el periodo de prueba?
Aún se sentía intranquila.
Elena respondió con calma:
—Si vuelves a emborracharte y a pelear, mejor ni te presentes a trabajar.
Era más exigente con Diana que con los demás porque en el pasado había cometido muchas estupideces. Si seguía actuando sin pensar, Elena no estaba dispuesta a limpiar sus desastres.
Diana asintió obediente, como una niña regañada:
—Te prometo que no me meteré en más líos.
Se despidieron en la puerta del restaurante.
Elena subió a su auto y le dijo a Bruno:
—No arranques todavía. Tenemos que esperar a dos personas.
Bruno asintió.
Media hora después, el director Santini y Lía salieron del restaurante.
Subieron a un vehículo estacionado en la calle.
—Sigue a ese auto —ordenó Elena.
Bruno no hizo preguntas. Todo lo que Elena ordenaba, él lo cumplía al pie de la letra.
El director Santini y Lía se dirigieron a un hotel cercano.
Elena le dijo a Bruno:
—Quiero entrar y tomar algunas fotos.
Bruno entendió de inmediato a qué se refería:
—Ese trabajo sucio déjeselo a Leandro.

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