—Mi madre sufrió una intoxicación alimentaria y tuvieron que hacerle un lavado gástrico —le explicó Alejandro—. Mi padre y las empleadas se quedarán con ella; yo regresaré por la noche.
—¿Cómo que una intoxicación de repente? —preguntó Elena, preocupada.
—Aún no lo tengo claro.
Alejandro soltó un suspiro profundo al otro lado de la línea.
—Sinceramente, no sé si alguien le tendió una trampa o si ella misma planeó todo esto como una táctica para obligarme a volver a la mansión.
—¿Y qué piensas hacer?
—Por supuesto que no voy a ceder a sus manipulaciones. Simplemente, ella y yo no estamos hechos para vivir bajo el mismo techo.
Elena asintió suavemente, le recordó que no olvidara almorzar a su hora y se despidió.
Al mediodía, Elena y Diana almorzaron juntas.
La conversación inevitablemente derivó hacia Matías.
Al recordarlo, los ojos de Diana se llenaron de nostalgia.
—Matías era un chico increíble. Cuando éramos niños y hacíamos alguna travesura, él siempre daba la cara por nosotros. Pero mi tía estaba obsesionada con las apariencias. En aquel entonces, todos los herederos de las demás ramas de la familia entraron a universidades prestigiosas y luego al Grupo Vargas. Pero Matías quería ser piloto aviador. A mi tía le pareció una deshonra y peleaban todo el tiempo. Lo presionó tanto que él intentó quitarse la vida un par de veces, pero ella solo decía que lo hacía para manipularla. Fue una época tan oscura que ni siquiera me atrevía a visitar la casa.
—Y viéndolo ahora, ¿quién crees que tenía la razón? —preguntó Elena.
Diana suspiró.
—Antes pensaba que Matías era demasiado idealista. Siendo un hombre de la familia, lo lógico era heredar el imperio, ¿para qué ser piloto? Pensaba que mi tía sufría demasiado por su rebeldía. Pero ahora... mi forma de pensar ha cambiado. Matías solo quería seguir su vocación; no estaba haciendo nada malo. En familias como la nuestra o la de los Carmona, desde que naces, los mayores ya decidieron a qué escuela irás y qué carrera estudiarás. Te trazan un camino inamovible. Matías fue aplastado solo por atreverse a pensar diferente. Al final del día, ¿qué importa el prestigio del trabajo? Estar vivo y ser feliz es lo único que cuenta.
Elena la escuchó con genuina sorpresa.
Jamás imaginó que la antigua niña mimada y arrogante fuera capaz de hacer una reflexión tan profunda.
Al notar la mirada de Elena, Diana se sonrojó un poco.

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