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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 729

El viernes por la mañana, Elena pidió permiso en el trabajo para asistir a la reunión de apoderados en la escuela de Ariadna.

Hubo bastante tráfico cerca del colegio, por lo que llegó cinco minutos tarde.

Buscó a Ariadna y se disculpó de inmediato.

La niña no se molestó en lo absoluto; señaló hacia los demás asientos y dijo con una sonrisa:

—No te preocupes, Elena. Hoy muchos papás llegaron tarde.

Fue entonces cuando Elena notó que más de la mitad de los apoderados aún no habían llegado.

Una vez que el profesor terminó de tomar asistencia, se dirigió a los presentes.

—Les pedimos a los que ya llegaron que nos esperen unos minutos. Hay botellas de agua disponibles al fondo del salón.

Elena y Ariadna fueron a buscar agua y luego se acomodaron en sus asientos.

La reunión se llevaba a cabo en un salón multimedia bastante amplio, ya que participaban los padres de cuatro clases diferentes.

Probablemente por el embotellamiento, el lugar aún se veía vacío.

Ariadna le tomó la mano a Elena con ilusión y le preguntó:

—Elena, en tres meses hay una competencia deportiva en la escuela, ¿crees que podrías venir a apoyarme?

Elena pensó rápidamente; para entonces, su embarazo ya sería bastante notorio, por lo que no sería muy conveniente asistir a un evento deportivo.

Además, el negocio de Carmen estaba yendo de maravilla, por lo que seguramente ella tampoco tendría tiempo. Tras considerarlo un momento, respondió:

—Le preguntaré a Alejandro para ver si él tiene tiempo de venir.

—¡Sí, qué emoción! —celebró la niña, radiante.

Desde el incidente donde fue víctima de los abusos de sus compañeros y Alejandro intervino para ayudarla, Ariadna le tenía un profundo cariño y lo consideraba como un hermano mayor.

Mientras Ariadna seguía charlando sobre el evento, Elena vio de reojo una figura conocida.

Era Diego Romero.

Llevaba de la mano a Lisandro Delgado, el hijo de su hermana, y estaban sentados a poca distancia.

Elena desvió la mirada de inmediato, fingiendo no haberlo visto.

Pero Diego ya se había percatado de su presencia y no dejaba de mirarla.

Cada vez que la abuela Navarro enfermaba y necesitaba dinero para una operación, Elena se lo pedía con suma cautela y timidez.

En realidad, las sumas apenas alcanzaban unos pocos miles; para él, eso no era absolutamente nada.

Sin embargo, en aquel entonces no sabía qué le pasaba; por alguna razón retorcida, disfrutaba viéndola en una posición vulnerable, obligada a agachar la cabeza y suplicarle por ayuda financiera.

Tras esperar más de media hora, la reunión comenzó oficialmente.

El presentador dio unas palabras de bienvenida y luego invitó a los presentes a participar en un juego de integración.

Para su mala suerte, Elena fue elegida al azar para subir al escenario, y Diego también.

En ese tipo de eventos escolares, negarse a participar era considerado una falta de respeto, así que no le quedó más remedio que tragar su orgullo y pasar al frente.

El juego consistía en el clásico «juego de las sillas». Participaban cinco personas en total, y Elena era la única mujer del grupo.

Al comenzar a dar vueltas, los demás padres fueron caballerosos y le cedieron el espacio. Elena esperaba perder en la primera ronda y volver a su asiento, pero para su sorpresa, llegó hasta el final, quedando solo ella y Diego compitiendo por la última silla.

El presentador, animando el ambiente, comentó con curiosidad:

—Ambos son muy jóvenes, supongo que no son los padres de los niños, ¿verdad?

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