Beatriz se quedó un poco sorprendida al recibir la llamada del director del hogar de menores.
Tras escuchar lo que el hombre tenía que decir, la furia la invadió por completo.
Se disculpó profusamente con el director antes de colgar el teléfono.
De inmediato, le ordenó a la empleada de servicio que llamara a Adriana para que bajara.
En cuanto Adriana apareció en la sala, Beatriz tomó una taza de té de la mesa y se la arrojó con violencia.
Por suerte, Adriana logró esquivarla a tiempo, salvándose de un buen golpe.
Estaba desconcertada. Hacía mucho tiempo que Beatriz no descargaba su ira contra ella de esa manera. ¿Qué berrinche le había dado hoy?
Beatriz le gritó enfurecida:
—¡El director del hogar de menores me acaba de llamar para contarme las estupideces que hiciste! ¡Adriana, te habías mantenido al margen últimamente y pensé que por fin habías madurado, pero veo que sigues siendo la misma inútil de siempre!
La familia Romero llevaba años financiando ese hogar de menores, e incluso habían salido en la portada de los periódicos de Ciudad del Río en varias ocasiones.
Para Beatriz, esa era una oportunidad de oro para limpiar y elevar el nombre de la familia, por lo que nunca escatimó en donaciones.
Jamás imaginó que la buena reputación que tanto les había costado construir sería arruinada por culpa de Adriana.
Adriana no se esperaba que el director fuera con el chisme.
Se sentía injustamente tratada, pero frente a la ira descontrolada de Beatriz, no se atrevió a decir ni una sola palabra.
Conocía demasiado bien las reglas de supervivencia en la familia Romero. Beatriz era la matriarca indiscutible; a ella solo le quedaba tragar saliva y aguantar.
Ya tendría tiempo de vengarse poco a poco cuando esa vieja perdiera sus fuerzas.
En ese preciso momento, Diego regresó a casa.
Al escuchar los gritos de Beatriz reprendiendo a Adriana, frunció el ceño instintivamente.
Adriana lo miró con ojos suplicantes, esperando que él intercediera por ella, pero Diego apenas le dirigió una mirada fugaz antes de encerrarse en su estudio.
El corazón de Adriana se hundió en el pecho.
Beatriz aún no había saciado su sed de castigo y rápidamente ideó una nueva forma de torturarla.
—¿No te sobra el tiempo? Pues hoy vas a limpiar toda la casa. Y quiero que friegues el piso de rodillas, ¿me escuchaste?
Al ver cómo Mateo destruía el fruto de su esfuerzo, se levantó con la intención de darle una buena lección.
Pero la voz de Isabela resonó a sus espaldas.
—Ay, discúlpame tanto, Adriana. El niño es muy travieso, no sabe lo que hace. Supongo que no te vas a poner a pelear con una criatura, ¿verdad?
Una bola de furia se atascó en la garganta de Adriana, dejándola sin aire.
Con el rostro rojo de ira, observó cómo Mateo pisaba sus almohadas con los zapatos sucios y se limpiaba las manos pegajosas en sus cobertores.
Isabela esperó a que su hijo se cansara de jugar antes de sonreírle con dulzura.
—Vamos, mi amor. Mamá te va a lavar esas manitas.
Luego, se volvió hacia Adriana con una sonrisa cargada de malicia.
—Por cierto, esas sábanas y fundas son de seda pura, solo se pueden lavar a mano. Las empleadas están muy ocupadas ayudándome con el niño, así que te tocará lavarlas a ti misma.
Adriana sabía perfectamente que Isabela se estaba uniendo al juego de Beatriz solo para hacerle la vida imposible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....