—¡Vayan a buscarla rápido! —le urgió a Bruno—. Nunca ha salido sola a la calle, probablemente no sepa cómo regresar.
Bruno asintió y, junto con los demás guardaespaldas y los guardias de seguridad del complejo residencial, comenzaron a buscar a la gata.
Al ver que había pasado casi una hora sin resultados, la paciencia de Elena se agotó. Tomó un paraguas y salió a buscarla por su cuenta.
La lluvia comenzó a disminuir lentamente.
Sin embargo, el viento soplaba con fuerza.
Decidió cerrar el paraguas para poder buscar mejor entre los arbustos.
Cuando Alejandro regresó y se enteró de que estaban buscando a Florcita en el complejo, y que Elena también andaba afuera, su rostro se llenó de preocupación.
La encontró poco después. Al ver que tenía el cabello y la chaqueta empapados, agradeció que al menos no hubiera resbalado. De lo contrario, se habría vuelto loco.
Elena lo miró con evidente angustia.
—Alejandro, todavía no encontramos a Florcita.
Él se acercó a grandes zancadas, la tomó en brazos y se dirigió hacia la casa.
—Primero ve a cambiarte de ropa. Bajaré a buscarla en un momento.
Elena, exhausta, no opuso resistencia. Regresó al apartamento, tomó un baño caliente y se puso ropa seca.
Alejandro le sirvió un vaso de agua fresca, le secó el cabello con delicadeza y solo entonces bajó a reanudar la búsqueda.
Cerca de la medianoche, finalmente encontró a Florcita escondida debajo de un auto en el estacionamiento.
Al ver a la gatita empapada, mirándolo con los ojos muy abiertos por el terror, la expresión de Alejandro se suavizó y le tendió la mano.
Florcita se arrastró desde debajo del coche y se refugió en sus brazos.
Alejandro regresó con ella al apartamento.
Elena aún estaba despierta; abrazaba a Chispa en la sala, esperando noticias.
Al oír que la puerta se abría, levantó la mirada de inmediato.
Cuando vio a la gatita, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Alejandro envolvió a Florcita en una toalla seca, la colocó en su camita y le sirvió comida.
Chispa se acercó y se acostó junto a la gata, haciéndole compañía.
Poco a poco, Florcita recuperó la sensación de seguridad y comenzó a comer.
Elena observó al perro y a la gata a salvo frente a ella, y el enorme peso en su pecho desapareció.
Al ver la mirada distante de Diego, que permanecía de pie a un lado sin decir una sola palabra, el ánimo de Vivian cayó en picada.
Antes de quedar lisiada de la pierna izquierda, había sido una joven llena de vida y optimismo.
Bajo la atenta guía de su abuelo, su futuro en el mundo empresarial prometía ser brillante.
Pero después del accidente, perdió la capacidad de caminar con normalidad.
Incapaz de soportar las miradas de lástima de la gente, abandonó la empresa familiar.
Las alianzas matrimoniales que su familia intentaba arreglar siempre fracasaban; nadie quería casarse con ella.
Y cuando intentaba tener pareja, todos los hombres solo buscaban su fortuna.
En su vigesimoquinto cumpleaños, decidió que, después de soplar las velas, subiría a la azotea para quitarse la vida.
Había golpeado a dos guardaespaldas en la cabeza con un jarrón. Ellos, al igual que siempre, no se atrevieron a defenderse.
Aprovechando que estaban atendiendo sus heridas, se escabulló y entró en el ascensor hacia el último piso.
Pero las ruedas de su silla se atascaron en la puerta del ascensor.
Justo en ese momento, Diego pasaba por ahí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....