A causa de su embarazo, una oleada repentina de náusea obligó a Elena a detenerse. Abrió el refrigerador buscando alguna mandarina o ciruelas para calmar el malestar.
En ese momento, se escuchó el sonido electrónico de la chapa de la entrada e Isabela entró con su bolsa en mano.
Al ver a Elena allí, esbozó una sonrisa burlona.
—Y yo que pensaba que por fin ibas a trabajar en serio en la empresa, pero mira: no duraste ni unos días.
Elena bajó la mirada y no le contestó. Simplemente sacó una naranja del refrigerador con la intención de prepararse un jugo.
Isabela había ido para recoger un juguete que su hijo había dejado olvidado. Al notar la actitud indiferente de Elena, le dio más coraje:
—¿Qué haces ahí parada? Prepárame un té.
Elena ni se inmutó. No tenía ganas de lidiar con ella, así que dio media vuelta para irse a su cuarto.
Viendo que la ignoraba, Isabela la agarró del brazo:
—¿Qué te pasa? Soy la hermana de Diego, ¿tanto te cuesta hacerme un favor? ¡No se te olvide que tragas gracias a la familia Romero!
Diego salió del estudio justo a tiempo para escuchar lo que dijo y frunció el ceño.
—Isabela, no le hables así a Elena.
Isabela le soltó el brazo de mala gana y resopló:
—Sí, ya lo sé. A tu princesita no se le puede decir nada porque enseguida sales a defenderla.
A Elena se le revolvió el estómago. Sintió otra fuerte oleada de náuseas y, sin poder contenerse, se tapó la boca y salió corriendo al baño a vomitar.
Apenas terminó de enjuagarse la boca y salió, notó que Isabela la miraba con los ojos entrecerrados. Un sobresalto le tensó todo el cuerpo.
Isabela, que ya tenía experiencia en el tema, le soltó la pregunta al instante:
—¿No me digas que estás embarazada?
Diego la miró de inmediato.
—¿Quieres que vayamos a checarte al hospital?
Elena se clavó las uñas en las palmas para mantenerse tranquila y forzó una sonrisa:
—Ay, por favor, ¿cómo se te ocurre? Tú mejor que nadie sabes cuál es mi situación. Últimamente he tenido el estómago muy sensible; por eso me sentí mal.
Isabela torció la boca.
—Sí, claro. Con la condición que tienes, si hubieras podido embarazarte, ya lo habrías hecho hace mucho.
—Déjame hablar con ella.
Ella le pasó el teléfono.
Diego le habló con voz muy suave a la anciana al otro lado de la línea:
—Señora, le contraté al mejor abogado de toda la ciudad para que lleve el caso de Carmen. Le aseguro que en muy poco tiempo estará libre.
La consoló un rato más antes de colgar y luego le dijo a Elena:
—Mañana te acompaño a ver a tu abuela para que se quede más tranquila.
Elena asintió:
—Está bien.
Al verla tan dócil, Diego quiso levantar la mano para acariciarle el pelo, pero ella lo esquivó por instinto. Ya no soportaba que la tocara en absoluto; era una sensación que le provocaba más repulsión que las propias náuseas del embarazo.
Diego dejó la mano suspendida en el aire, golpeado por una distancia que ya no sabía cómo salvar. Sentía que ya no estaban tan unidos como antes, que de pronto había un muro invisible entre los dos.
«Seguro es porque no tenemos hijos», intentó convencerse. Una vez que tuvieran un bebé, nada podría separarlos. Así que decidió que esa misma noche seguiría insistiendo para embarazarla. Solo teniendo un hijo propio se le quitarían todas esas ideas raras de la cabeza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....