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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 81

Diego fue al baño de la recámara principal a bañarse. Al salir, se acercó al tocador para tomar la secadora de pelo y, sin querer, golpeó la bolsa de Elena.

La bolsa cayó al piso y las cosas se esparcieron.

Diego se agachó para recogerlas y, de pronto, vio un reloj de pulsera para hombre, elegante y muy fino.

Él sabía de relojes y notó de inmediato que esa pieza tenía un alto valor de colección; solo alguien de mucho poder adquisitivo podría comprarlo. Era imposible que Elena tuviera los contactos para llegar a un vendedor así.

Por lo tanto, ese reloj era de otro hombre.

Frunció el ceño y la rabia le tensó de inmediato todo el cuerpo.

Con razón Elena llevaba días mostrándose distante, fría y cada vez menos dispuesta a tolerarlo.

Era obvio que tenía a otro pretendiente.

Elena terminó de tomarse su jugo y, al entrar a la recámara, se topó con el rostro furioso de Diego.

Cuando vio el reloj en su mano, se acercó de inmediato para intentar arrebatárselo.

Diego apretó el reloj y le reclamó:

—¿De quién es este reloj?

—No te importa —respondió Elena con frialdad.

—Elena, no confundas mi paciencia contigo con permiso para verme la cara. Si estás jugando conmigo, te aseguro que no te va a salir gratis.

Le apretó la muñeca con una violencia que la hizo palidecer al instante.

Elena palideció por el dolor; de por sí ya se sentía mal por las náuseas del embarazo, y esto solo empeoraba las cosas.

Apretó los dientes y dijo:

—Suéltame. Ni siquiera conozco bien al dueño de este reloj. Además, mi intención era devolvérselo.

Diego resopló, le soltó la mano y le advirtió con voz helada:

—No olvides tu lugar.

Dejó el reloj sobre la mesa; ya se le habían quitado por completo las ganas de estar con ella.

Elena se sobó la muñeca y, al verlo tan enojado, soltó una risita.

Le pedía que no olvidara su lugar.

¿Con qué cara venía ahora a exigirle nada?

Ella no era más que la falsa señora Romero, ¿acaso esperaba que le guardara fidelidad absoluta?

Elena no se contuvo y le dijo:

—Haces un drama por un simple reloj, ¿pero qué hay de ti y Adriana? Se la pasan coqueteando en mis narices, ¿crees que soy idiota y no me doy cuenta?

Elena no le contestó; se sentía fatal.

Sentía el cuerpo revuelto de una forma insoportable, atrapada entre el asco y una náusea que no terminaba de ceder.

Diego sintió que su orgullo de hombre había sido pisoteado y salió de la recámara con el rostro endurecido.

A partir de ese momento, entre ellos se instaló un silencio hostil.

Durante los siguientes dos días, él no le dirigió la palabra en ningún momento.

Y si él no hablaba, ella mucho menos.

Si no fuera por su tía, no se quedaría en esa casa ni un minuto más.

Por la noche, Diego salió a un compromiso de negocios.

El licenciado Delgado le llamó por teléfono:

—Señor Romero, le llamo para darle un avance sobre el caso que me encargó.

Diego respondió con un tono neutro:

—Te escucho.

—La señora Navarro y la señora Campos resultaron heridas. Si logramos comprobar que la señora Campos atacó primero, entonces lo de la señora Navarro se consideraría legítima defensa. Sin embargo, el reporte médico no nos favorece; la señora Campos tiene lesiones más graves, por lo que a la señora Navarro se le podría acusar de uso excesivo de la fuerza.

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