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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 879

La señora Vargas no tuvo reparos en decírselo, asumiendo que como Isidora ya se había casado, seguramente había superado a Alejandro.

Además, frente a ella, Isidora siempre se comportaba de manera dulce y dócil. Por lo tanto, la trataba igual que siempre, contándole todo sin reservas.

Isidora se tragó la ira que le hervía en el pecho y le preguntó con una sonrisa:

—Señora Paloma, creí que detestaba a Elena. Además, ella siempre la trató con desprecio y nunca le mostró una pizca de respeto. A pesar de eso, ¿está dispuesta a aceptarla?

—Las cosas cambian —sonrió la señora Vargas—. Ahora Elena tiene fama en los círculos académicos, eso le será muy útil a la familia Vargas en el futuro. Nos facilitará mucho las inversiones en proyectos gubernamentales. Y sobre su actitud, es solo arrogancia juvenil, nada que yo no pueda corregir con el tiempo. Además, lo principal en una mujer es que esté dispuesta a tener hijos. Ya me dio una nieta, así que no tengo muchas quejas.

Isidora jamás imaginó que Elena lograría ganarse la aprobación de la señora Vargas tan fácilmente, solo por haber brillado en un evento de Ciudad del Norte.

Al salir de la mansión de los Vargas, llamó a Liana Santini para contarle todo.

—Vaya veleta está hecha —dijo Liana con voz gélida—. Bastó con un pequeño triunfo para que se olvidara de todas sus rencillas.

—¿Y ahora qué hacemos?

Liana reflexionó por un segundo y luego, con la mirada llena de malicia, respondió:

—Si ella piensa cambiar de bando y apoyar a Elena, entonces hagamos que desaparezca por completo. Al final del día, es tan estúpida que será facilísimo lidiar con ella.

***

El martes por la mañana, Elena y Alejandro acudieron a realizar la notarización de bienes compartidos.

No fue hasta que Elena leyó los documentos que se dio cuenta de la absurda cantidad de activos que poseía Alejandro.

De pronto, un nudo de nervios se formó en su estómago.

Alejandro le tomó la mano y sonrió.

—Teníamos un trato, no vayas a huir en el último segundo.

Elena respiró hondo.

—Soy tu esposa, lo tuyo es mío. Solo es una notarización de bienes compartidos y, francamente, yo soy la que sale ganando. ¿A qué habría de tenerle miedo?

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