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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 998

Milena se acercó a un amigo que tenían en común para sacarle información.

El chico se encogió de hombros y le soltó el chisme:

—Piero anda loco persiguiendo a una chava. Dicen que está dificilísima de conquistar, y como le pegó duro en el ego, decidió cambiar de look para ver si así le hace caso.

Milena apretó los dientes, sintiendo que le hervía la sangre.

—¿Sabes a quién está persiguiendo?

—Creo que se apellida Navarro. Debe ser un bombón, si no, ¿por qué traería a Piero arrastrando la cobija? Hasta me contaron que quiere volver a estudiar, que se va a meter a hacer exámenes para la universidad porque le da miedo que la tal señorita Navarro lo menosprecie por no tener título. ¡Y agárrate! Lo más loco de todo es que dice que ya se va a meter a trabajar a la empresa de su familia. ¡Jajaja! ¿Te lo imaginas en una oficina? Un alma libre como él, no va a durar ni dos días sentado en un escritorio.

Al escuchar aquello, Milena empezó a temblar de pura rabia.

Ella conocía perfectamente lo que se sentía estar enamorada hasta los huesos.

Cuando uno se clava, es imposible no querer cambiar por el otro, al punto de perder la propia esencia.

Milena regresó a su casa con el alma hecha pedazos, caminando como alma en pena.

Rosalía terminaba de acostar a su hija y suspiró, agotada.

Aunque en la casa sobraba el dinero para pagar niñeras.

Las niñeras no hacían milagros.

A Rosalía le importaban demasiado las apariencias; no soportaba la idea de que su hija fuera menos que los demás niños, así que se la pasaba maquinando el futuro de la pequeña.

Pero Bárbara Valiente era una niña malcriada y berrinchuda; apenas la ponían a estudiar, se ponía a tirar patadas.

Las maestras particulares no podían con ella, y al final, Rosalía tenía que entrar a poner orden.

Sentía que criar a esa niña le estaba robando diez años de vida.

Y para colmo, cuando peor de humor andaba, la anciana Valiente le exigía que usara sus contactos para conseguirle citas a ciegas a Milena.

En el pasado, Rosalía se había desvivido presentándole prospectos, pero nunca cuajó ninguno.

Milena no solo no le daba las gracias, sino que iba a quejarse con la anciana, diciendo que los hombres que Rosalía le presentaba eran horribles y de mal gusto, insinuando que lo hacía a propósito para humillarla.

Un escalofrío de mal presentimiento recorrió la espalda de Rosalía.

Si a Milena le rompían el corazón, la anciana volvería a la carga, exigiéndole que le buscara marido a la fuerza. Lo mejor sería que ella y su hija se fueran unos días de viaje para evitar el huracán.

Pero, pensándolo bien, si Milena tuviera la mitad de la belleza de Elena, ¿acaso no habría atrapado a Piero hace mucho?

Si seguía viviendo en esa burbuja de adulación que le alimentaban la anciana y sus tíos, se iba a quedar vistiendo santos.

De pronto, otra idea aterradora cruzó por la mente de Rosalía. Si Milena nunca se casaba y se quedaba a vivir en la casa familiar para siempre, ¿significaba que las demás ramas de la familia tendrían que mantenerla y financiar su vida de lujos eternamente?

A Rosalía se le nubló la vista del puro estrés. Definitivamente, esta prima suya era mucho peor que Elena. Al menos Elena había tenido la astucia de ganarse a un peso pesado como Alejandro Vargas.

El sábado por la noche, Elena y Diana regresaron a cenar a la mansión de la señora Santini.

Justo en la entrada, se toparon con Milena, quien venía a visitar a la joven de la rama secundaria de los Santini.

Milena había estado deprimida por el rechazo de Piero, pero como en su casa la trataban como si fuera la reina del universo, recuperó su actitud altanera en tiempo récord.

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