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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 908

Cuando Diana descubrió aquello, la furia la consumió. De inmediato contrató a alguien para rastrear la dirección IP de esa cuenta, y el resultado apuntaba directamente a Sandra Marcano.

Elena esbozó una sonrisa cargada de ironía.

—Aún no he tenido el placer de preguntarle, señorita Marcano, ¿por qué se tomó la molestia de publicar tantas mentiras para destruir mi reputación en internet? ¿Acaso le hice algo en el pasado para que me tenga tanto resentimiento?

Sandra palideció. Jamás imaginó que Elena supiera que ella estaba detrás de esa cuenta anónima.

Con una risa nerviosa, intentó justificarse.

—Si te digo que me hackearon la cuenta... ¿me creerías?

—¿Tú qué crees?

Sandra sabía perfectamente que los contactos detrás de Elena eran demasiado poderosos. Aterrorizada por las represalias, agachó la cabeza de inmediato.

—Perdóname, por favor, te lo suplico. Me dejé llevar por la envidia y se me cruzaron los cables al publicar esas cosas. Ya borré absolutamente todo, te prometo que no volverá a pasar. Por favor, no tomes medidas contra mí.

Dicho esto, hizo una profunda reverencia a modo de disculpa.

Pero el tiempo de Elena era demasiado valioso como para desperdiciarlo en gente insignificante.

Le dirigió una última mirada de desdén y siguió su camino sin decir una palabra más.

Al verla alejarse, un escalofrío de terror recorrió la espalda de Sandra.

Sin atreverse a cruzar miradas con nadie más, huyó del recinto por una puerta lateral, sintiéndose humillada.

***

Últimamente, la pequeña Aurora había adoptado la mala costumbre de agarrar la tableta a escondidas para ver caricaturas.

Al notar que la niña se frotaba los ojitos con demasiada frecuencia, Elena y Alejandro decidieron llevarla al hospital para un chequeo.

A Aurora le aterraban los médicos, así que se escondió en el cuello de su mamá, aferrándose a ella.

—No te van a poner inyecciones, mi amor —la consoló Elena, acariciándole el cabello—. El doctor solo quiere ver tus ojitos con una luz mágica.

Alejandro aprovechó el momento para darle una lección.

—¿Ves? Eso pasa por ver tantas pantallas. Si te duelen los ojitos, ya no vas a poder usar la tableta.

Aurora asintió, aunque no parecía entenderlo del todo.

Los tres entraron al consultorio.

Tras una revisión exhaustiva, el médico confirmó que la vista de la niña estaba en perfectas condiciones. El enrojecimiento se debía simplemente a la irritación por frotarse. Les recetó unas gotas lubricantes y los dejó ir.

Al salir, Elena le recordó a su hija la importancia de no tallarse los ojos con las manitas sucias.

Aurora asintió obediente.

Al ver la cantidad de gente apresurada en los pasillos, Alejandro levantó a la niña en brazos para protegerla de cualquier empujón.

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