—¿Y ahora? No hay ni ventana… si no salimos por aquí, no hay otra.
—Aguanta. Primero checo si hay alguien afuera.
Cecilia dio unos golpecitos suaves a la puerta. Nadie respondió.
Al parecer, no había guardia.
Seguro pensaban que, con un solo barco y ellas siendo mujeres, no tenían a dónde ir.
Martina jaloneó la puerta.
—No abre… seguro está con llave por fuera.
—Yo me encargo. Espérate.
Cecilia revisó el cuarto y, al fin, en un cajón encontró una horquilla.
Ese cuarto seguramente ya lo habían usado otras mujeres.
Con la horquilla, se puso a trabajar el seguro.
¡Clic!
La puerta se abrió.
—No inventes, Cecilia… ¡sí la abriste! —Martina estaba en shock.
—Vámonos.
Cecilia jaló a Martina y salieron a escondidas.
Ese barco no era un crucero, pero sí era grande.
Y como era de noche, era más fácil moverse sin que las vieran.
De pronto, venía gente patrullando.
Cecilia se llevó a Martina a un lado para esconderse.
—Por acá. Rápido.
Se agacharon. Cuando pasó el patrullaje, se levantaron.
—Cecilia… me da muchísimo miedo… ¿qué hacemos? —preguntó Martina, con la voz temblorosa.
Nunca había vivido algo así. Parecía escena de serie: en cualquier momento podía pasar algo.
—No te me paniques. Ahorita, más que nunca, hay que mantener la cabeza fría. Hazme caso y salimos.
Cecilia la llevó hacia la zona de cocina.
Dentro de una habitación, Berta miraba la escena con terror, encogida en una esquina.
Porque cuando a ella y a Estela las metieron, ya había un hombre adentro. En cuanto entraron, el tipo agarró a Estela y la aventó a la cama.
Y Berta se quedó viendo, sin poder hacer nada, cómo abusaban de Estela.
Estela nunca había vivido algo así; no paraba de forcejear y gritar.
Y justo eso le prendió más al hombre.
Era lo que le gustaba.
Así que Estela la pasó horrible.
Berta, en la esquina, temblaba como si fuera un animalito acorralado.
Porque sabía que la siguiente era ella.
No quería.
Tenía futuro. Quería que su mamá estuviera orgullosa.
Se había partido el alma para salir adelante; no iba a dejar que la destruyeran así.

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