La esposa de Mateo jamás iba a permitir que ese hijo se quedara, y además a él le daban asco tanto Lorenzo como su mamá.
Así que los echó.
Cuando la esposa “oficial” se enteró, durante años se encargó de aplastarlos. Y Iván, peor: iba con gente a molestarlo.
Esa vida no cambió hasta que apareció Cecilia.
¿Cómo iba Lorenzo a olvidar esas humillaciones?
Con esos recuerdos encima, se le llenó el pecho de odio.
Mateo vio que Lorenzo no decía nada y siguió:
—Lorenzo, mi empresa está en una crisis. Quiero proponer una colaboración con Grupo Alcántara. No me imaginé que el famoso director de Grupo Alcántara fuera mi propio hijo… Estoy orgulloso de ti.
En su memoria, era la primera vez que Mateo lo miraba de frente.
Pero a Lorenzo le dio igual.
Cecilia tenía razón: solo cuando te vuelves fuerte, los demás te miran distinto.
Si no, te tratan como carne para el matadero.
Sin ese puesto, Mateo jamás lo habría volteado a ver.
Lorenzo, curtido por todo lo que había vivido, no se alteró. Solo dijo, calmado:
—Quieren colaborar, va. Pero tengo una condición.
Mateo se alegró al ver que cedía.
—Lo que pidas. Somos familia —dijo, sonriendo.
Lorenzo se recargó en el sillón, con una pierna sobre la otra, como si nada.
Chasqueó los dedos.
Alguien entró cargando una caja.
—Lorenzo… ¿qué es eso?
—Un regalo para el joven Urbina. Si se lo come, acepto la colaboración.

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