Hoy, de plano, andaba de muy buen humor.
Berta estaba a punto de salir cuando vio estacionado, justo en la entrada, un carrazo.
Y lo peor: se le hacía demasiado conocido.
¡Parecía el de Leonardo!
Y sí: lo vio salir por el otro lado, acompañado de Natalia.
Leonardo, todavía, iba de atento cargándole la bolsa a Natalia.
—Uy, qué casualidad —dijo Berta, cruzándose de brazos con sarcasmo.
Que Leonardo siguiera pegado a Natalia le daba asco nada más de verlo.
Ese tipo, de esos que se arriman donde hay lana… si no hubiera creído que su familia tenía dinero, a ella ni le habría interesado.
Y ahora el muy oportunista ya tenía en la mira a Natalia.
En cuanto Leonardo vio a Berta ahí, se quedó en shock.
Sin pensarlo —y nomás para lucirse frente a Natalia— se le fue encima, señalándola y gritándole:
—¿Y tú qué haces aquí? ¡Tú y yo ya no tenemos nada! ¿Ahora resulta que me seguiste hasta la casa de los Solano? ¿Este es lugar para ti? ¡Qué descaro!
Berta se quedó sin palabras.
De verdad no esperaba que ese hombre fuera tan seguro de sí mismo… y tan ridículo.
—Ay, ya párale, no te creas tan importante. ¿Quién chingados te anda siguiendo? ¡Abre bien los ojos! Yo vivo aquí. ¿Qué, te pateó un burro o qué?
Leonardo no supo qué responder.
La miró de arriba abajo: pura marca.
Nada que ver con cuando estaban en la escuela, cuando ella se vestía con cosas pirata… aunque él nunca se lo echó en cara.
En eso, Natalia se acercó y le dijo a Leonardo:
—Leonardo, te equivocaste. Mi hermana ya no es como antes. Ya volvió con la familia Solano.
A Leonardo se le subió el calor a la cara.
La Berta a la que antes despreciaba… ahora era una señorita Solano.
Eso le sonó a música a Leonardo: entonces Berta todavía lo quería.
Nomás se hacía la fuerte.
De pronto se acordó de algo.
—Oye, ¿dices que Berta es la mujer de Lorenzo? No inventes. Es bien corriente, no se compara contigo. ¡Un tipo como Lorenzo jamás se fijaría en ella!
—Yo también sé que no me llega… pero ni modo. La vez pasada Lorenzo hasta fue a cenar a la casa por ella.
—¿Ah, sí? ¿Neta?
A Leonardo aquello le olió raro.
Él conocía bien a Berta desde la escuela.
El gusto de Lorenzo no podía ser tan malo como para fijarse en alguien así.
—Amor, aquí hay gato encerrado. Esa Berta es bien mañosa; seguro está jugando chueco. Lorenzo no puede quererla. Yo digo que volvió nomás para agarrarse de él y aplastarlos a ustedes.
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