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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 577

Las palabras de Leonardo, de alguna manera, le prendieron el foco a Natalia.

Al principio, ella también pensó que era imposible: pertenecían a mundos completamente distintos, ¿cómo iban a estar juntos?

Pero cuando Lorenzo fue a cenar a su casa, no le quedó de otra que aceptarlo.

Ahora, pensándolo bien… sí podía haber algo raro.

***

En un hotel.

Al día siguiente, Lorenzo despertó.

Se frotó las sienes, como si hubiera soñado de más.

En el sueño pasaba de todo… incluso su jefa lo miraba con una ternura que no existía en la vida real.

Ya despierto, entendió que se había pasado de copas.

Llevaba años siendo disciplinado; casi nunca se ponía así. Esta vez, sí se soltó.

—Señor Urbina —llegó Nuria.

—¿Qué pasó anoche? —preguntó Lorenzo, confundido.

No recordaba absolutamente nada.

—Ayer se pasó de copas, pero como no sabía dónde vive, tomé la decisión de traerlo al hotel.

—¿Y mi piedra? —Lorenzo se dio cuenta de golpe de que su piedra, la que tanto quería, no estaba.

Nuria, tranquila, la sacó de un lado.

—¿Se refiere a esta?

En cuanto Lorenzo la vio, se la arrebató con urgencia y la apretó en la mano.

Como si fuera un tesoro.

Nuria le estudió la cara. De verdad parecía obsesionado con esa piedra.

¿Quién se la habría dado?

¿De verdad fue un hombre?

—Señor Urbina, ¿esa piedra tiene algo especial? —preguntó Nuria.

—No. Solo me gusta —contestó Lorenzo, frío.

Nuria entendió la indirecta y no insistió. No quería hacerlo enojar.

—Últimamente te estás haciendo bien pendeja para el trabajo. Ya pasó un buen y esa Maribel Cabrera sigue en el departamento. ¿Tú qué estás haciendo?

Liliana se asustó y se apresuró a explicar:

—Jefe, de verdad he hecho todo lo posible. Cada vez le paso cosas más pesadas a Maribel, pero las saca. Hasta lo de recuperar esos veinte millones… anda como si trajera pila todo el día. Ya no sé qué hacer.

En el fondo, Liliana sabía que Mónica trabajaba bien. Siempre cumplía.

Pero arriba la traían atravesada y querían que la corrieran, que se hartara y se fuera sola.

¡Pum!

El gerente dio un fuerte manotazo en el escritorio.

—Te lo voy a dejar claro, Liliana: si Maribel no se va, la que se va a ir eres tú. ¿O tú crees que te puse en ese puesto nomás porque sí?

Liliana bajó la cabeza.

—Sí, jefe. Ya entendí.

Salió con el corazón pesado. Afuera, Maribel estaba platicando y riéndose con sus compañeros, como si nada.

Y a Liliana le dio todavía más coraje.

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