—Que la molesten es normal —dijo Damián—. Así es la chamba. Si no hacía prácticas, los demás iban a andar con quejas. Que se curta.
Mónica se quejó:
—Papá, no tienes idea de lo feo que la he pasado.
Damián se echó a reír.
—Mejor. Así creces. Oye, y Zacarías está contigo. Lo del director Reyes ya me enteré: ese viejo colmilludo terminó dando su brazo a torcer con ustedes. Me dio un gusto enorme saber que recuperaste los veinte millones.
—Hasta te presumí con tus tíos. Se les puso la cara… —Damián se rió más—. Verdes, los cabrones.
Mónica chasqueó la lengua.
—Ay, ya, no empieces.
Pero por dentro sí se sintió orgullosa. Era como haberle dado puntos a su papá.
Sus tíos siempre la trataban como si no sirviera para nada… y ahí estaba la prueba de que sí podía.
Era la primera vez, desde que empezó las prácticas, que comían juntos los tres. Esa noche Mónica se quedó a dormir con sus papás.
Zacarías se fue solo.
***
Llegó rápido el fin de semana.
Saúl dijo que quería llevar a Cecilia a Ciudad Jacaranda a despejarse un rato y, de paso, revisar el proyecto de allá.
A Cecilia le dieron ganas de salir y aceptó.
Además, tenía un motivo personal: ella también quería volver a Ciudad Jacaranda.
Cuando la familia Valdés la abandonó en el campo, fue ahí.
Vivió muchos años en ese lugar, y aunque le pesara, le tenía cariño.
Subió al avión con Saúl. Él fue por algo de comer.
Cecilia se quedó en su asiento. Era primera clase, pero ni así había paz.
Un niño de unos siete u ocho años estaba jugando cerca y su robot con control se le fue rodando hasta los pies.
—¡Bip bip bip! ¡Quítate, no estorbes, que ahí va mi robot! ¡Bip bip!
Y seguía con el ruidito.
—Oye, no digas esas cosas —intervino Saúl al llegar, con una cajita de postre en la mano.
—¡No estoy diciendo mentiras! ¡Qué feo gusto tienes! ¿Cómo te va a gustar ella? Mi papá dice que las mujeres se ven bien si tienen las bubis grandes.
Saúl se quedó mudo.
Cecilia ya no sabía ni dónde meterse.
Algunos se tapaban la boca para reírse; quién sabe si de ella o del niño.
—¡Ven acá, ya cállate! —la mamá del niño por fin lo llamó.
Cecilia volteó sin querer… y se le fue la vista.
La mamá del niño sí tenía muchísimo.
Como para que ella pareciera la mitad.
Cecilia se sentó, frustrada… y todavía le seguía llegando el ruido del juguete.
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