Saúl le ofreció el postre.
—¿Te doy tantito?
—No.
—¿Te enojaste?
—No.
Nomás estaba de malas. Salir y que te humillaran así no era cualquier cosa.
La verdad, ella siempre se enfocó en entrenar. Nunca se había fijado en eso.
Saúl se le quedó viendo.
—¿Entonces? ¿Tú qué piensas?
—¿De qué?
—De lo que dijo ese chamaco… ¿es cierto? ¿A los hombres les gusta… grande?
Saúl dudó un segundo.
—Pues… a muchos sí. Pero yo no soy “muchos”. Si eres tú, como seas, me gustas.
Cecilia alcanzó a notar que Saúl le echó un vistazo al pecho.
Se enojó más.
—¡Encima miras! Dices que no te importa, pero sí te importa.
Saúl la abrazó por los hombros y la jaló contra él.
Le besó el cabello y le habló cerca del oído:
—A mí lo único que me importa eres tú. Y además estás flaquita. Comes un montón y ni así subes. Eso es para que medio mundo te envidie.
Ahora todo mundo vive obsesionado con no engordar; los que comen y no suben son los envidiados.
Y Cecilia era justo de esas.
Tal vez por entrenar desde chica: quemaba muchísimo y todo lo que comía se le iba en energía.
Después de más de una hora, por fin aterrizaron.
Saúl tomó el equipaje y salieron juntos del aeropuerto.
Una escena así, de ir lado a lado, antes no la habían tenido.
—¿Y tú qué haces aquí?
Anaís sonrió.
—Me preocupas. Viniste por trabajo y pensé que ibas a andar solo, sin quien te apoye, así que me adelanté para recibirte. No imaginé que venías con la señorita Galindo.
Cecilia, de pronto, se quedó viendo fijamente a Anaís.
Traía el escote marcado, muy pronunciado.
Cecilia se le quedó viendo como si estuviera viendo algo nuevo.
Anaís quería picarla a propósito, pero al notar que Cecilia no dejaba de mirarla, se le erizó la piel.
¿Esa mujer qué estaba planeando?
—Saúl, el hotel ya está reservado. ¿Nos vamos? —dijo Anaís.
Saúl tomó la mano de Cecilia y la subió al carro, pero Cecilia todavía volteó… y su mirada seguía clavada en el pecho de Anaís.
—Qué asco… —murmuró Anaís—. Pinche vieja.
Y, molesta, se cubrió el pecho con la mano.

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