Cecilia, viéndolo desde un lado, casi se suelta a reír.
Con Saúl al frente, todo se arreglaba.
Como con la señora Luque ya no había bronca, Cecilia y Saúl se prepararon para volver a Ciudad de San Martín.
Aprovechando que Saúl no estaba, Anaís fue a buscar a Cecilia y la encaró:
—Cecilia, ¿fuiste tú, verdad? Ese mesero también lo conseguiste tú para que se hiciera pasar por alguien. ¡Ya no lo encuentro por ningún lado!
Resulta que Anaís no se quedó tranquila: ese día quería dar con el mesero para “limpiar su nombre”.
Pero el mesero había desaparecido.
—Anaís, esto se llama pagar con la misma moneda —respondió Cecilia, sin alterarse.
—¡Maldita! —Anaís levantó la mano para pegarle.
—¡Ni se te ocurra! —Saúl llegó y le sujetó la muñeca.
—¿Todavía no entiendes? ¿Aún quieres ponerle una mano encima a Cici? —le reclamó.
Anaís lloró:
—Saúl, fue ella. ¡De verdad fue ella!
—Fuiste tú la que se metió al cuarto de Vicente Luque. ¿Y todavía culpas a Cici? ¿Cici te puso un cuchillo en el cuello para obligarte a ir o qué?
—¡No!… Pero ese mesero fue por ella. Me pasó el recado de que tú me estabas esperando en el cuarto, por eso fui.
—¿Tú sí piensas? ¿Yo te mandaría a mi cuarto? —le soltó Saúl.
Anaís se quedó sin palabras.
—Ya. No quiero escuchar más. Regrésate a Ciudad de San Martín. Y en adelante, cuando yo salga por trabajo, tú no vienes —sentenció Saúl.
Luego jaló a Cecilia y se fueron.
En el avión, Cecilia tanteó:
—Saúl… ¿tú crees que sí haya sido yo?
—Sea o no sea, no importa. Lo único que me interesa es que no te hagan daño. Lo demás ni lo quiero saber. Yo siempre voy a estar de tu lado.
Cecilia se conmovió. Con lo listo que era Saúl, ¿cómo no iba a entender lo que pasó?
Pero aun así, como siempre, decidió creerle a ella.
Cecilia sonrió, feliz.
—Entonces yo también siempre voy a estar de tu lado.
—Ay, qué exagerado. Soy tu hija y me haces caminar.
—¡Bájate! —le volvió a decir, ya molesto.
Hace un segundo era “la hija más querida” y al siguiente ya la estaba corriendo.
Mónica bajó del carro refunfuñando.
Y el carro de Damián se fue.
Mónica caminaba sola por la orilla de la calle cuando Aarón venía por el otro lado.
Justo alcanzó a verla bajarse de un carro de lujo, y adentro le pareció ver a un señor mayor.
Estaba lejos; solo distinguió el cabello entrecano.
Aarón lo entendió al instante.
Con razón Mónica lo despreciaba: la estaban manteniendo.
Con esa actitud de “muy digna” y al final era pura pantalla.
Hasta se bajaba a un kilómetro de la empresa para que no la cacharan… ¿y creía que así nadie se iba a dar cuenta?
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