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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 667

Sebastián también llevaba toda la noche sin parar. Se acercó para consolar a Teresa.

—Teresa, ya no te pongas así. Si hace falta, seguimos buscando. De alguna forma la vamos a encontrar.

—Pobre Cici… desde chiquita la cambiaron al nacer. Cuando por fin volvió, todavía tuvo que echarse a la familia al hombro… y ahora que por fin la vida iba mejor, desaparece.

Y Teresa volvió a romper en llanto.

Antes, cuando ella repartía comida, la pasaba fatal, pero al menos estaba con sus papás biológicos, y ellos sí la querían.

En cambio Cecilia anduvo por ahí sola, sin el cariño de unos padres. Era todavía más triste.

Teresa pensó en eso y se le apretó el pecho.

Sebastián no aguantó y la abrazó.

—Ven, apóyate conmigo tantito. Sé que estás destrozada, pero tienes que aguantar. Por lo menos come algo… así no vas a resistir.

Apenas terminó de hablar, Isabel Galindo llegó hecha una furia.

—¿Ustedes dos qué están haciendo? —estalló.

Desde anoche Sebastián no había regresado y ella se había quedado con la duda. No imaginó encontrárselos ahí.

Teresa se asustó y se zafó de inmediato del abrazo.

¡Pum!

Isabel se le fue encima y le soltó una cachetada a Teresa.

—Pinche descarada. Con razón sigues aferrada a Sebastián. Ya es mi marido. Ten tantita vergüenza. ¿Qué, te encanta meterte donde no te llaman? Hoy te voy a dejar en ridículo para que todos vean la clase de vieja que eres.

Isabel soltaba puras groserías y todavía quiso lanzarse a jalonearle la ropa a Teresa.

Sebastián la frenó en seco.

—Isabel, ¿qué traes? ¿Por qué estás haciendo este escándalo desde temprano? Teresa y yo no tenemos nada. No inventes.

—¡Entonces hoy la voy a destrozar! ¡Para que deje de querer quitarme a mi marido! ¡Miren todos! Esta vieja no tiene madre: además de querer quitármelo, todavía se ponen los dos contra mí. ¡Me pegan! ¿Así son ahora las amantes, de descaradas?…

Isabel chillaba mientras se aventaba otra vez.

Sebastián la detuvo y terminaron forcejeando.

La gente alrededor empezó a señalar y a murmurar.

—Pobrecita la esposa… los hombres de ahora son bien cínicos, y todavía defienden a la otra.

—Yo sí le arrancaba la ropa ahí mismo. Qué vergüenza.

—A mi marido también me lo bajaron. Yo a las amantes las odio.

Todos se pusieron del lado de Isabel, y a Teresa la empezaron a atacar con la mirada y con palabras.

Teresa ya no aguantó que la señalaran. Se dio la vuelta y se fue.

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