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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 826

—Ya, dejen de hablar. Como prometí que los traería a conocer, cumplo mi palabra. Matías, solo echaremos un vistazo rápido y salimos, te aseguro que no tocaremos nada —dijo Leticia, mirando a Matías.

Le suplicaba con la mirada.

—¡Claro que no! Si el patrón se entera...

—¡Si el patrón se entera, yo asumo toda la responsabilidad! ¡No te metas!

Dicho esto, Leticia empujó a Matías a un lado y guio al grupo hacia el garaje.

Matías corrió tras ellos.

¡Qué pecado estaba pagando!, pensó angustiado.

Al llegar al garaje, ¡todos se quedaron boquiabiertos!

Había decenas de coches de lujo estacionados, de todos los modelos imaginables.

Parecía una exposición de autos. La decoración era imponente y elegante, con más lujo que cualquier concesionaria exclusiva.

—¡Dios mío! ¿Así es el mundo de los millonarios?

—¡Cuántos carrazos! Hasta me mareo de ver tantos. ¡Mira ese, ni siquiera conozco la marca!

—¡Ese Rolls-Royce debe costar decenas de millones de pesos!

—¡Ay, no manches, voy a llorar de envidia! ¡Son demasiados coches!

Todos se amontonaron como abejas al panal, sacando sus celulares para grabar o tomar fotos.

Posaban de mil maneras frente a los vehículos.

Leticia se quedó a un lado, con una sonrisa engreída.

Le encantaba ver sus caras de asombro, como si nunca hubieran salido de su rancho.

Leticia soltó una risa nerviosa. No sabía por qué, pero el corazón le latía a mil por hora, invadida por un mal presentimiento.

—Oye, Leticia, sí que eres humilde, ¿eh? Con toda esta colección y prefieres irte en taxi al trabajo. Deberías llevarte uno a partir de ahora, yo me ofrezco como tu chofer personal. Creo que los de aquella fila están padrísimos, ¡podemos empezar por ahí y cambiar a diario!

En realidad, Aarón se moría de ganas de manejar uno, pero no se atrevía a pedirlo directamente.

—¿Por qué te emocionas tanto, Aarón? Si estos coches no fueran míos, ¿me seguirías queriendo? —preguntó Leticia, inquieta.

—¡Claro que sí! Mi amor por ti es puro y verdadero. Por cierto, ¿dónde guardan las llaves? ¿Qué tal si me dejas dar una vuelta en uno hoy? Solo quiero sentir el volante.

—No se puede.

¡Eran los autos del patrón! Ya era un riesgo enorme haberlos metido al garaje, ¿cómo iba a dejarlo manejar uno?

—Leticia, ándale, no seas malita. Es la primera vez que vengo, ¿de verdad me vas a dejar con las ganas? Me pican las manos por manejar uno, ¡hazme el favor, mi amor!

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