Era algo completamente absurdo.
No era de extrañar que sospecharan que el testamento era falso.
—El testamento es auténtico, mamá me lo dio en persona. Si no me creen, pueden investigarlo. Seguramente lo notarió —aclaró Thiago.
—¡Puras mentiras! ¡No me lo trago! ¿Cómo iba a ser tan parcial la vieja? Si a los que más odiaba era a ti y a Cecilia. ¡Y resulta que se llevan casi todo! ¿Y nosotros qué? ¿Vamos a vivir del aire?
Olivia no pudo contenerse más.
Agarró el testamento y lo hizo pedazos.
Todos se quedaron atónitos.
Thiago la miró indignado.
—¡Tú… acabas de destruir el testamento!
—¿Y qué si lo rompió? ¡Ese papel no vale nada! —intervino Helena.
Normalmente, ambas cuñadas no se soportaban, pero en ese momento debían unirse para enfrentar a Thiago.
De lo contrario, todos los años que llevaban soportando a la anciana habrían sido en vano.
En la familia Galindo, ambas se habían humillado y desvivido por complacer a la abuela, solo con la esperanza de recibir una buena tajada de la herencia.
Para que al final terminaran con esa miseria.
¡Décadas de esfuerzo tiradas a la basura!
¡No iban a quedarse de brazos cruzados!
—¡Yo también creo que ese testamento no sirve, Thiago! ¡Hay que volver a repartir todo, de lo contrario, es una injusticia para nosotros! —apoyó Facundo.
—¡Sí, hay que hacer una nueva repartición! Al fin y al cabo, mamá ya está muerta. Somos muchos, si tu familia se queda con todo, ¿cómo vamos a sobrevivir nosotros? Además, Cecilia ya es dueña del Grupo Alcántara, y ustedes viven en esa mansión de la Hacienda San Jerónimo. ¿Acaso les hace falta este dinero? ¡Mejor déjenoslo a nosotros! —propuso Patricio.
Thiago sintió un nudo en la garganta al ver la desfachatez de sus hermanos.
A decir verdad, nunca le interesó la herencia de los Galindo.
Desde que los echaron de la familia, vivían muy bien y no necesitaban nada de eso.
¡Repartírselo entre dos siempre sería mucho mejor que entre tres!
Poco después, Thiago y su familia regresaron a la Hacienda San Jerónimo.
Thiago seguía con un sabor amargo en la boca.
—Thiago, ¿qué tienes? —preguntó Marina.
—No… no es nada. —Él agachó la cabeza, visiblemente atormentado.
Cecilia lo leyó de inmediato:
—Papá, ¿qué fue lo que te dijo la abuela antes de morir? Cuéntanos.
—Está bien.
Al ver a Cecilia, Thiago sintió un gran alivio; era como si ella fuera el pilar que sostenía a la familia.
—Tu abuela me confesó lo que pasó hace años. Por fin entiendo por qué me odiaba tanto…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia