A Matías se le iba la vida de la preocupación.
Pero Leticia le contestó muy tranquila:
—Papá, no te me estreses. Todavía lo estoy pensando. Apenas tengo un mes, falta mucho para que se note. Mejor vete, quiero dormir otro rato. Al rato que sea la hora de comer, dile a alguien que me traiga la comida, pero por favor, que traigan ración doble.
—¿Ración doble? —preguntó Matías, mirándola con cierta sospecha.
—Pues sí, ¿no ves que estoy embarazada? Me da mucha más hambre, nunca me lleno. ¿Tiene algo de malo pedir más comida?
—No, no. Claro que no. Mientras te portes bien y hagas caso, ¡tu papá te consentirá en todo!
Dicho eso, Matías salió de la habitación.
En cuanto Aarón salió de su escondite, tenía una evidente cara de amargura.
—¿Qué tienes, Aarón?
—Nada. Oye, Leticia, te quiero preguntar algo. Tu papá lleva años trabajando como mayordomo para la familia Fonseca, ¿cuánto dinero tiene guardado? Digo, es el administrador principal, me imagino que el presidente le debe pagar una millonada.
Leticia se quedó pensativa.
—La verdad, no tengo idea. Casi todo el sueldo de mi papá se lo da a mi mamá. Ella siempre ha estado mal de salud y lleva años en tratamiento médico. Además, pagar mi escuela no fue nada barato. Nunca le he preguntado a mi papá sobre sus finanzas.
—Pues deberías preguntarle. Con todo lo que trabaja, ¡seguro que la familia Fonseca no tendría problema en regalarle un par de casas!
Leticia frunció el ceño, ya algo molesta por el comentario.
—Aarón, la verdad es que el presidente siempre se ha portado muy bien con nosotros. ¿A qué viene esa pregunta?
—Nada, nomás decía.
Al caer la noche, Leticia avisó que saldría un rato.
Estar encerrada todo el día en esas cuatro paredes la estaba volviendo loca.
Aarón, en cambio, no podía asomarse por miedo a que alguien de la familia Fonseca lo descubriera.
Se quedó parado frente a la ventana, observando el patio.
Un lujoso Bentley entró por el portón principal y, segundos después, Zacarías y Mónica bajaron del auto.
Al ver esa escena, apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo la envidia lo corroía por dentro.
—Ya veo. Bueno, me voy a dormir.
Aarón se acostó en la cama, pero su mente ya trabajaba a mil por hora, maquinando un plan.
A altas horas de la noche, la casa entera quedó en completo silencio.
Aarón volteó a ver a Leticia; dormía profundamente como piedra, e incluso estaba babeando sobre la almohada.
Con mucho cuidado, se levantó, se puso su ropa y salió a hurtadillas de la habitación.
Aunque los jardines de la mansión Fonseca estaban desiertos, las lámparas exteriores iluminaban los senderos.
Aarón se dirigió sigilosamente hacia la habitación de Mónica.
Había sacado toda la información necesaria durante la plática que tuvo con Leticia.
¡Tenía que jugársela todo por su propio futuro!
Si lograba meterse en la cama con Mónica y cruzar esa línea, se convertiría automáticamente en el yerno de la familia. Y el día de mañana, ¡toda la fortuna de la familia Fonseca pasaría a ser suya!

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