En el peor de los casos, incluso si Damián no lo aceptaba y Mónica lo rechazaba, no importaba; podía aprovechar la oportunidad para pedir una buena suma de dinero y asegurar el resto de su vida.
De lo contrario, revelaría a todos que Mónica había sido abusada.
Evadiendo a los guardias de seguridad que patrullaban, Aarón logró infiltrarse en la habitación de Mónica con mucha facilidad.
Mónica estaba profundamente dormida, sin darse cuenta en absoluto de que alguien había entrado.
Aarón abrió la puerta en silencio; por lo general, Mónica no tenía la costumbre de ponerle seguro estando en su propia casa.
Eso le había dado la oportunidad perfecta.
Gracias a la luz de la luna que entraba desde afuera, vio a la persona acostada en la cama y sintió que la ansiedad lo consumía.
Cada vez que veía a Mónica, se arrepentía.
Nunca debió haberse rendido con ella en el pasado. Si se hubiera esforzado más, seguro la habría conquistado y ahora no tendría que dar tantas vueltas.
Mónica estaba teniendo un sueño hermoso. Esa noche había cenado felizmente con sus padres y todo en la empresa marchaba sobre ruedas.
Su padre había puesto en su lugar a sus tíos, así que ya nadie se atrevía a ponerle trabas.
Pero en ese preciso instante, sintió de pronto que alguien le estaba quitando la ropa, que unas manos la estaban tocando.
Se despertó de golpe.
Aunque estaba oscuro, al ver una silueta negra frente a ella, soltó un grito de terror.
Sin embargo, antes de que el sonido saliera de su garganta, Aarón le tapó la boca con fuerza.
—Shh, no grites, ¡o te irá muy mal! —amenazó Aarón.
Mónica reconoció la voz de inmediato; el hombre frente a ella era Aarón.
No entendía cómo diablos había logrado meterse en su habitación.
En su casa siempre eran muy estrictos con el control de extraños.
Al sentir el metal frío contra su piel, Mónica no se atrevió a hacer ruido, por miedo a que le cortara la garganta.
—Aarón, ¿qué es exactamente lo que quieres? ¡Si necesitas dinero, te lo puedo dar!
—¡No! ¡Te quiero a ti!
Mónica se quedó sin palabras ante tal descaro.
Tal como lo había pensado, ¡Aarón era un completo sinvergüenza!
—Mónica, estos días he estado pensando en ti día y noche. A quien me gusta y a quien amo de verdad es a ti, ¿no lo entiendes? Sé que antes me porté mal contigo, pero fue porque Leticia me obligó. En mi corazón, siempre has sido tú. Si aceptas estar conmigo, te trataré como a una reina.
Al escuchar eso, Mónica sintió que se le revolvía el estómago del asco.
Ese infeliz todavía tenía el descaro de soñar despierto.
—Aarón, ya entendí lo que sientes. Siendo así, te prometo que lo pensaré bien. Pero ya es muy tarde y quiero dormir. ¿Por qué no te vas por ahora y mañana nos vemos en algún lado para platicar con calma?

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