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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 898

Estaba exhausta y su cuerpo estaba cubierto de cortes, pero seguía aferrándose a la daga con todas sus fuerzas.

Era su única arma; si la soltaba, su derrota estaba asegurada.

¡Pum!

Uno de los matones le dio una patada que la mandó al suelo.

Sintió que el cuerpo se le desarmaba del dolor. Dudó un segundo, pero se levantó de prisa.

Se lanzó hacia ellos empuñando la daga y fue acabando con cada uno.

Poco después, el suelo estaba cubierto de cuerpos esparcidos por doquier.

Algunos apenas respiraban, otros ya estaban bien muertos.

Para este punto, Cecilia estaba exhausta y llena de heridas.

—¿Ya pasé la prueba? Déjame ver a Martina ahorita mismo, ¡o te mato! —exigió con voz severa.

Se mantuvo de pie frente al viento, con un mechón de cabello sobre la frente, luciendo exactamente como una guerrera.

—Excelente, haces honor a tu nombre. Ha pasado un tiempo y veo que tus habilidades han mejorado. Martina está ahí dentro, ya puedes ir a verla —concedió Lobo.

Cecilia sabía que no saldría viva de ahí, Lobo no la iba a dejar ir.

Además, después de pelear contra tantos hombres y estando herida, ya no le quedaban fuerzas.

Ese día estaba dispuesta a intercambiarse por Martina.

Incluso si ella moría, no podía permitir que Martina perdiera la vida.

Al entrar a la habitación, vio a Martina amarrada a una silla y con un trapo en la boca.

—¡Martina!

Cecilia se alarmó, corrió hacia ella y cortó las cuerdas con la daga.

Martina dio unos pasos tambaleantes y soltó una carcajada amarga mirando al techo.

—¡Claro que no es solo por eso! ¡También estoy vengando a mi hermano! Mi hermano se murió por tu culpa, ¿verdad?

Las pupilas de Cecilia temblaron. —¿Tú... tú sabías lo de tu hermano?

—¡Por supuesto! ¡Mi hermano perdió la vida por culpa de ustedes! ¿Por qué no habría de matarte? Él era tu subordinado, arriesgó el pellejo por ti. ¿Y mi madre y yo qué? Nos la pasamos soportando los malos tratos de la señora Olivia y de los vecinos. En nuestro pueblo éramos la burla, no podíamos ni levantar la cara. No teníamos a un hombre en la casa, ¡no era justo!

—¿Por qué todos orbitan a tu alrededor mientras mi madre y yo vivimos sumidas en el dolor por perder a mi hermano desde que era niña? ¡Cecilia, todo es tu maldita culpa!

Cecilia giró la cabeza y miró a Lobo, que venía entrando.

—Tú se lo dijiste, ¿cierto? ¿También descubriste que era la hermana menor de Ramiro?

Lobo soltó una risita. —Así es. Si tú pudiste investigarlo, ¿crees que yo no?

Cecilia ató cabos rápidamente. —No, seguro lo supiste antes que yo. Investigaste su identidad hace mucho, ¡por eso aquella vez que fuiste a Ciudad de San Martín secuestraste a Teresa y a Martina!

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